lunes, 12 de abril de 2010

Cuentos de Salarrué

CUENTOS DE BARRO




Salvador Salazar Arrué

(salarrué)



Colección Orígenes
Volumen No. 7
Primera edición
Dirección de Publicaciones e impresos
Consejo Nacional para la Cultura y el Arte,
CONCULTURA
San Salvador, 1999
© Para esta edición DPI
© Olga Salarrué de Clark
Foto Portada: Salarrué
Este volumen se publica en co-edición con
La casa de Salarme.






Salazar Arrué, Salvador, 1899-1975
Narrativa completa de Salarrué / Salvador Salazar Arrué; comp.
Ricardo Roque Baldovinos— la ed. — San Salvador, El Salv.
Dirección de Publicaciones e Impresos, 1999.
Edición conmemorativa del centenario de su natalicio
ISBN 99923-0-030-2 (vol. 1)
1. Narrativa salvadoreña. I. Título.
Impreso en sus talleres,
ISBN 99923-0-029-9 (Obra completa)
ISBN 99923-0-030-2 (vol. 1)
17 Av. Sur No. 430, San Salvador,
El Salvador, Centro América.

Nota introductoria


Existe evidencia de que Salarrué publicó separadamente algunos "cuentos de barro" cuando menos en 1927. Una primera entrega de lo que sería la versión final se publicó en la publicación costarricense Repertorio americano (Tomo XXL] No. 15, sábado 17 de octubre de 1931), precedida por una nota elogiosa de Gabriela Mistral. Ambas circunstan­cias, ser avalado por una figura de prestigio como publicar en una revis­ta de proyección continental, fueron sólidos puntales en la fama literaria de Salarrué.
La primera edición (San Salvador, Editorial La Montaña, 1914) iba ilustrada con una serie de hermosos grabados de José Mejía Vides, figu­ra de primera importancia de la plástica nacional y amigo personal de Salarrué. La buena calidad de esta primera edición nos ha eximido, sin embargo, de elaborar algunos ajustes. En primer lugar, se ha debido modernizar la ortografía, tarea que ediciones posteriores habían realiza­do a medias. Asimismo, había que revisar y sistematizar el uso de convenciones gráficas tales como comillas y bastardillas.
Sobre este aspecto, aparentemente secundario y decorativo, es impe­rativo extenderse algunas líneas, ya que aquí se juega un aspecto funda­mental en la composición de la obra: el juego de voces y la relación entre la norma literaria culta y el lenguaje popular. Pese a que el uso de estas convenciones revela alguna irregularidad en la edición príncipe, hemos podido extraer una norma y aplicarla uniformemente al texto. La norma es la siguiente. Las bastardillas se ocupan para señalar énfasis, o para indicar aquellas palabras y expresiones del habla popular cuando apa­recen insertas en el discurso del narrador. Asimismo, estas expresiones al aparecer en boca de los personajes, no se destacan por ser parte de la norma popular. Las comillas se ocupan como marca del discurso directo o del discurso indirecto libre.
Se ha transcrito tal cual el glosario original de la obra aun cuando éste responda más a las intuiciones del autor (¿o del editor?) que al saber filológico estricto. Para facilitar su uso, se ha reorganizado aplicando un orden alfabético estricto. Hay que recordar que el glosario original colocaba las palabras de la entrada de cada letra siguiendo orden de aparición en el texto, lo cual, en la práctica, dificultaba enormemente al lector su consulta.











A Alice Lardé de Venturino
en fraternal afán por devolverle
el terruño perdido


Tranquera


Como el alfarero de Ilobasco modela sus muñecos de barro: sus vie­jos de cabeza temblona, sus jarritos, sus molenderas, sus gallos de pitiyo, sus chivos patas de clavo, sus indios cacaxteros y en fin, sus batido­res panzudos; así, con las manos untadas de realismo; con toscas mano­tadas y uno que otro sobón rítmico, he modelado mis Cuentos de Barro.
Después de la hornada, los más rebeldes salieron con pedazos un tanto crudos; uno que otro se descantilló; éste salió medio rajado y aquél boliado dialtiro; dos o tres se hicieron chingastes. Pobrecitos mis cuentos de barro... Nada son entre los miles de cuentos bellos que bro­tan día a día; por no estar hechos en torno, van deformes, toscos, vicia­dos; porque, ¿qué saben los nervios de línea pura, de curva armónica? ¿Qué sabe el rojizo tinte de la tierra quemada de lakas y barnices?; y el palito rayador, ¿qué sabe de las habilidades del buril?... Pero del barro del alma están hechos; y donde se sacó el material un hoyito queda, que los inviernos interiores han llenado de melancolía. Un vacío queda allí donde arrancamos para dar, y ese vacío sangra satisfacción y buena voluntad.
Allí va esa hornada de cuenteretes, medio crudos por falta de leña: el sol se encargará de irlos tostando.


La botija


José Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuero tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera.
Petrona Pulunto era la nana de aquella boca:
—¡Hijo: abrí los ojos; ya hasta la color de que los tenés se me olvidó!
José Pashaca pujaba, y a lo mucho encogía la pata.
—¿Qué quiere, mama?
—¡Qués nicesario que tioficiés en algo, ya tas indio entero!
—¡Agüén!...
Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste, boste­zando.
Un día entró Ulogío Isho con un cuenterete. Era un como sapo de pie­dra, que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.
—¡Qué feyo este baboso! —llegó diciendo. Se carcajeaba—; ¡mera­mente el tuerto Cande!...
Y lo dejó, para que jugaran los cipotes de la María Elena.
Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo:
—Estas cositas son obra denantes, de los agüelos de nosotros. En las aradas se incuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.
José Pashaca se dignó arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente.
—¿Cómo es eso, ño Bashuto?
Bashuto se desprendió del puro, y tiró por un lado una escupida gran­de como un caite, y así sonora.
—Cuestiones de la suerte, hombre. Vos vas arando y ¡plosh!, derrepente pegás en la huaca, y yastuvo; tihacés de plata.
—¡Achís!, ¿en veras, ño Bashuto?
—¡Comolóis!
Bashuto se prendió al puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales "él bía prisenciado con estos ojos". Cuando se fue, se fue sin darse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras.
Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de un arado y empujó. Tras la reja iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar —por lo menos sin darse cuenta— y trabajaba tanto, que las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco.
Piojo de las lomas, caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención, que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera ido dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; porque eso sí, Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. Él no trabajaba. Él buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen "¡plocosh!" cuando la reja las topa, y vomitan plata y oro, como el agua del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan al cielo.
Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición más que el hambre, le había parado del cuero y lo había empu­jado a las laderas de los cerros; donde aró, aró, desde la gritería de los gallos que se tragan las estrellas, hasta la hora en que el güas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gri­tos destemplados.
Pashaca se peleaba las lomas. El patrón, que se asombraba del mila­gro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros rascaba con el ojo presto a dar aviso en el corazón, para que éste cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, por­que el patrón exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho, por siacaso.
Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José. "Es el hombre de jierro", decían; "ende que le entró asaber qué, se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca..."
Pero José Pashaca no se daba cuenta de que, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija, y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la incontraría tarde o temprano.
Se había hecho no sólo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arar, por no tener tierra cedi­da, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachados y projundos, que daban gusto.
—¡Onde te metés, babosada! —pensaba el indio sin darse por venci­do—: Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los sur­cos.
Y así fue; no lo del encuentro, sino lo de la tronchada.
Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dio cuenta de que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calentura; se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el rai­zal de la sombra. Los hallaron negros, contra el cielo claro, "voltiando a ver al indio embruecado, y resollando el viento oscuro ".
José Pashaca se puso malo. No quiso que naide lo cuidara. "Dende que bía finado la Petrona, vivía ingrimo en su rancho ".
Una noche, haciendo fuerzas de tripas, salió sigiloso llevando, en un cántaro viejo, su huaca. Se agachaba detrás de los matochos cuando óiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la cuma. Se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con brío su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó bien tapado, borró todo rastro de tierra removida; y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó ir liadas en un suspiro estas pala­bras:
—¡Vaya: pa que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!...


La honra


Había amanecido nortiando; la Juanita limpia; lagua helada; el vien­to llevaba zopes y olores. Atravesó el llano. La nagua se le amelcochaba y se le hacía calzones. El pelo le hacía alacranes negros en la cara. La Juana iba bien contenta, chapudita y apagándole los ojos al viento. Los árboles venían corriendo. En medio del llano la cogió un tumbo de norte. La Juanita llenó el frasco de su alegría y lo tapó con un grito; luego salió corriendo y enredándose en su risa. La chucha iba ladrando a su lado, queriendo alcanzar las hojas secas que pajareaban.
El ojo diagua estaba en el fondo de una barranca, sombreado por quequeishques y palmitos. Más abajo, entre grupos de güiscoyoles y de ishcanales, dormían charcos azules como cáscaras de cielo, largas y oloríferas. Las sombras se habían desbarrancado encima de los paredones; y en la corriente pacha, quebradita y silenciosa, rodaban piedrecitas de cal.
La Juanita se sentó a descansar: estaba agitada; los pechos —bien ceñidos por el traje— se le querían ir y ella los sofrenaba con suspiros imperiosos. El ojo diagua se le quedaba viendo sin parpadear, mientras la chucha lengüeaba golosamente el manantial, con las cuatro patas ensam­bladas en la arena virgen. Río abajo, se bañaban unas ramas. Cerca, unos peñascales verdosos sudaban el día.
La Juanita sacó un espejo, del tamaño de un colón, y empezó a espiar­se con cuidado. Se arregló las mechas, se limpió con el delantal la frente sudada; y como se quería, cuando a solas, se dejó un beso en la boca, mirando con recelo alrededor, por miedo a que la hieran ispiado. Haciendo al escote comulgar con el espejo, se bajó de la piedra y comenzó a pepe­nar chirolitas de tempisque para el cinquito.
La chucha se puso a ladrar. En el recodo de la barranca apareció un hombre montado a caballo. Venía por la luz, al paso, haciendo chingastes el vidrio del agua. Cuando la Juana lo conoció, sintió que el corazón se le había ahorcado. Ya no tuvo tiempo de escaparse; y sin saber por qué, lo esperó agarrada de una hoja. Él de a caballo, joven y guapo, apuró y pron­to estuvo a su lado, radiante de oportunidad. No hizo caso del ladrido y empezó a chuliar a la Juana con un galope incontenible como el viento que soplaba. Hubo defensa claudicante, con noes temblones y jaloncitos flacos; después ayes, y después... El ojo diagua no parpadeaba. Con un brazo en los ojos, la Juana se quedó en la sombra.

* * *

Tacho, el hermano de la Juanita, tenía nueve años. Era un cipote aprietado y con una cabeza de huizayote. Un día vido que su tata estaba furioso. La Juana le bía dicho quién sabe qué, y el tata le bía metido una penquiada del diablo.
—¡Babosa! —había oído que le decía— ¡Habís perdido lonra, que era lúnico que tráibas al mundo! ¡Si biera sabido quibas ir a dejar lonra al ojo diagua, no te dejo ir aquel diya; gran babosa!...
Tacho lloró, porque quería a la Juana como si hubiera sido su nana; e ingenuamente, de escondiditas, se jue al ojo diagua y se puso a buscar cachazudamente lonra e la Juana. Él no sabía ni poco ni mucho cómo sería lonra que bía perdido su hermana, pero a juzgar por la cólera del tata, bía de ser una cosa muy fácil de hallar. Tacho se maginaba lonra, una cosa lisa, redondita, quizá brillosa, quizá como moneda o como cruz. Pelaba los ojos por el arenal, río abajo, río arriba, y no miraba más que piedras y monte, monte y piedras, y lonra no aparecía. La bía buscado entre lagua, en los matorrales, en los hoyos de los palos y hasta le bía dado güelta a la arena cerca del ojo, y ¡nada!
—Lonra e la Juana, dende que tata la penquiado —se decía—, ha de ser grande.
Por fin, al pie de un chaparro, entre hojas de sombra y hojas de sol, vido brillar un objeto extraño. Tacho sintió que la alegría le iba subiendo por el cuerpo, en espumarajos cosquilleantes.
—¡Yastuvo! —gritó.
Levantó el objeto brilloso y se quedó asombrado.
—¡Achís! —se dijo—No sabía yo que lonra juera ansina...
Corrió con toda la fuerza de su alegría. Cuando llegó al rancho, el tata estaba pensativo, sentado en la piladera. En la arruga de las cejas se le bía metido una estaca de noche.
—¡Tata! —gritó el cipote jadeante—: ¡Ei ido al ojo diagua y ei incontrado lonra e la Juana; ya no le pegue, tome!...
Y puso en la mano del tata asombrado, un fino puñal con mango de concha.
El indio cogió el puñal, despachó a Tacho con un gesto y se quedó mirando la hoja puntuda, con cara de vengador.
—Pues es cierto... —murmuró.
Cerraba la noche.


Semos malos


Goyo Cuestas y su cipote hicieron un arresto, y se jueron para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja en bandolera; el muchacho, la bolsa de los discos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de lata monstruosa que perjumaba con música.
—Dicen quen Honduras abunda la plata.
—Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen...
—Apurá el paso, vos; ende que salimos de Metapán tres choya.
—¡Ah!, es quel cincho me viene jodiendo el lomo.
—Apechálo, no siás bruto.
Apiaban para sestear bajo los pinos chiflantes y odoríferos. Calentaban café con ocote. En el bosque de zunzas, las taltuzas comían sentaditas, en un silencio nervioso. Iban llegando al Chamelecón salvaje. Por dos veces bían visto el rastro de la culebra carretía, angostito como fuella de pial. Al sesteyo, mientras masticaban las tortillas y el queso de Santa Rosa, ponían un fostró. Tres días estuvieron andando en lodo, atas­cados hasta la rodilla. El chico lloraba, el tata maldecía y se reiba sus ratos.
El cura de Santa Rosa había aconsejado a Goyo no dormir en las gale­ras, porque las pandillas de ladrones rondaban siempre en busca de pasantes. Por eso, al crepúsculo, Goyo y su hijo se internaban en la mon­taña; limpiaban un puestecito al pie diún palo y pasaban allí la noche, oyendo cantar los chiquirines, oyendo zumbar los zancudos culuazul, enormes como arañas, y sin atreverse a resollar, temblando de frío y de miedo.
—¡Tata: brán tamagases?...
—Nóijo, yo ixaminé el tronco cuando anochecía y no tiene cuevas.
—Si juma, jume bajo el sombrero, tata. Si miran la brasa, nos hallan.
—Sí, hombre, tate tranquilo. Dormite.
—Es que currucado no me puedo dormir luego.
—Estiráte, pué...
—No puedo, tata, mucho yelo...
—¡A la puerca, con vos! Cuchuyate contra yo, pué...
Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía contra su pestífero pecho, duro como un tapexco; y, rodeándo­lo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mien­tras él, con la cara añudada de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano.
Los primeros clareyos los hallaban allí, medio congelados, adolori­dos, amodorrados de cansancio; con las feas bocas abiertas y babosas, semiarremangados en la manga rota, sucia y rayada como una cebra.
Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel; Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres... Hasta el Chamelecón no llega su ley; hasta allí no llega su justicia. En la región se deja —como en los tiempos primitivos— tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre albedrío. El derecho es claramente del más fuerte.

* * *

Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conectar la bocina. La luna llena hacía saltar chingastes de plata sobre el artefacto. En la mediagua y de una viga, pendía un pedazo de venado olisco.
—Te digo ques fológrafo.
—¿Vos bis visto cómo lo tocan?
—¡Ajú!... En los bananales los ei visto...
—¡Yastuvo!...
La trompa trabó. El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras.
Los bandidos rieron, como niños de un planeta extraño. Tenían los blanquiyos manchados de algo que parecía lodo, y era sangre. En la barranca cercana, Goyo y su cipote huían a pedazos en los picos de los zopes; los armadillos habíanles ampliado las heridas. En una masa de arena, sangre, ropa y silencio, las ilusiones arrastradas desde tan lejos, quedaban abonadas tal vez para un sauce, tal vez para un pino...
Rayó la aguja, y la canción se lanzó en la brisa tibia como una cosa encantada. Los cocales pararon a lo lejos sus palmas y escucharon. El lucero grande parecía crecer y decrecer, como si colgado de un hilo lo remojaran subiéndolo y bajándolo en el agua tranquila de la noche.
Cantaba un hombre de fresca voz, una canción triste, con guitarra.
Tenía dejos llorones, hipos de amor y de grandeza. Gemían los bajos de la guitarra, suspirando un deseo; y, desesperada, la prima lamentaba una injusticia.
Cuando paró el fonógrafo, los cuatro asesinos se miraron. Suspiraron...
Uno de ellos se echó llorando en la manga. El otro se mordió los labios. El más viejo miró al suelo barrioso, donde su sombra le servía de asiento, y dijo después de pensarlo muy duro:
—Semos malos.
Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un plane­ta extraño.


La casa embrujada


La casa vieja estaba abandonada allí, en el centro del enmontado pla­tanar. La breña bía ido ispiando por las claraboyas que los temblores abrieran para ispiar ellos. Tenía una mediagua embruecadiza, donde hací­an novenario perpetuo los panales devotos. En los otros tres lados, ni una puerta; apenas un rellano de empedrado, ya perdido entre el zacate que lambía gozoso las paredes lisas: aquella carne de casa, blanquiza en la escurana vegetal, con un blancor que deja ganas de tristeza y que infun­de cariño.
Los mosquitos se prendían en el silencio, como en un turrón. El teja­do, musgoso y renegrido, era como la arada en un cerrito tristoso. El vien­to había sembrado allí una que otra gotera fructífera, con ráices diagua y flores redonditas de sol, que caminaban por el suelo y las paredes del inte­rior. La casa vieja taba dijunta, enderrepente.
Según algunos vecinos, aquel abandono se debía a que laija del viejito Morán, que vivió allí, bía muerto tisguacal. El maishtro Ulalio decía que era porque espantaban: "Sale el espíreto de la Tona", decía; "yo luei visto tres veces: chifla y siacurruca; chifla, y se acurruca: después, mece las mangas y se dentra en el platanar".
Ño Mónico, que estaba loco de una locura mansita —porque hablaba disparates muy cuerdamente—, decía con el aire de importancia y supe­rioridad que lo caracterizaba:
—¡Ah..., no señor..., nuai tales carneros aloyé, nuai tales!... Siesque vinieron los managuas, despacito..., y cerraron las puertas cuando era al mediodía, aloyé. Dejaron adentro a la Noche, que bía venido a beber agua descondidas del sol. Allí la tienen enjaulada, aloyé, y la amarraron con una pita e matate. ¿¡Cómo se va!? Sestá pudriendo diambre: ya giede, aloyé, ¡ya giede! Pasa ispiando por los juracos de la paré; y, cuando nuentran sapos, aguanta hambre. Dende aquí sioyen a veces los destertores de la goma. Se va en friyo, aloyé. Un diya destos va parecer la yelasón derre­tida por las rindijas. Los managuas la vienen a bombiar todos los diyas, con ronquidos diagua, para joderla más ligero, aloyé...
Los zopes no se paraban nunca en el tejado. A veces el gavilán le hacía un pase, con su cruz de sombra; y dicen que la casa se encogía y pujaba. Taba embrujada. De noche se oiba el juí,juí de una hamaca. Un chucho, que llegó un día a oler la casa, salió dando gritos de gente por el monte y montado en su cola.
Las hojas enormes de los majonchos le hacían cosquillas a la casa con las puntas. Sus sombras, en forma de cejas, se mecían en las paredes, que parecían hacer muecas nerviosas. En un ventanuco que estaba en la cula­ta una araña había enrejado, por si abrían... Las hormigas guerreadoras le habían puesto barba en una esquina. De cuando en cuando, una teja desertaba en el viento. Una tarde en que Ulalio se acercó, le hablaron desde adentro. Puso atención, y oyó la voz, sin entender las palabras: "era como que vaceyan un cántaro" decía, "me dentro un friyo feyo en el lomo y salí a la carrera".
Una vez pasó cerca el cura. Le pidieron consejo y él quiso ir a ver la casa del embrujo. Se apió; y, remangándose la sotana, fue al platanar con Ulalio, la Chana y Julián.
—¿Quién vivió allí?
—El viejito Morán y suija que murió de lumonía. Otros dicen que taba tubreculosa.
El cura llegó hasta la mediagua. Los panales empezaron a confesar su misterio. Abrió sin temor las puertas desvencijadas. El cadáver de la noche, que había quedado recostado en la puerta, se derrumbó hacia afue­ra. Instintivamente, todos dieron un paso atrás. Rápida, como un rayo de carne, una culebra negra y brillante salió y se perdió en el monte. Los sapos venían saltando hacia afuera, como piedras vivas. Entre los ladri­llos verdosos, las rueditas de plata de las goteras se habían hecho hongos. El aire jediondo casi se agarraba con la mano. Una botella olvidada había ido apagando su brillo de puro terror.
El cura mandó a Julián por escobas y empezó a jalar los acapetates con una vara. Se desgajaban, haciéndose tierra. De aquella rama sombría del techo, los murciélagos se desprendían, como hojas, o se volvían a col­gar, como frutas pasadas.
El cura estuvo toda la tarde limpiando la casa. Bendijo un tarro de agua y lo regó por todas partes. Sacó un libro y susurró latines. Clavó una cruz de palo en un pilar y ordenó que se dejaran abiertas las puertas para que oreara, que se desenmontaran los contornos, que se cogieran las gote­ras, se plantaran flores en el suelo y se colgaran macetas de las vigas.
Días después, el cura pudo ver la casa resucitada. El patio liso y barrido, las enredaderas trepándose por las paredes y las macetas colgadas de las vigas. Sonriente y gordo, palmeó en la espalda de Ulalio y le dijo:
—¿Conque, embrujada, eh?...
—¡No creya Padre, entuavía sioye un bisbiseyo!...


De pesca


Eran allá como las tres de la madrugada. La luna, de llena, lambía las sombras prietas en los montarrascales y en los manglares dormilones. El estero, lagunoso en su calma, era como un pedazo de espejo del día; del día ya roto. La playa lechosa, de cascajo crema, se dejaba espulgar por las suaves ondas espumíferas, que la brisa devanaba sin prisa. La isla, al otro lado del agua, se alargaba como una nube negra que flotara en aquel cielo diáfano, mitad cielo, mitad estero. Las estrellas pintaban en ambos cielos. El mar, a lo lejos, roncaba adormilado por la frescura del aire y la clari­dad del mundo. Un cordón de aves blancas pasó, silencioso y ondulante como una culebra de luna.
De la mediagua oscura, salió a la playa un indio. Llevaba desnudo el torso, los calzones arremangados sobre las rodillas; se desperezaba, como queriendo echar al suelo el fardo del sueño. La arena, al ser hollada por lo anchos pies descalzos, mascaba el silencio. Miró las estrellas con los ojos fruncidos. Se espantó los mosquitos, miró el agua platera y regresó al rancho.
—Son ya mero las tres, vos... ¿Nos vamos?
Una especie de aullido de pereza le contestó. Luego, la voz atecomatada del compañero respondió:
—Ai veya, mano...
—Amonóos...
Los indios, hurgando en la sombra del caedizo, escogieron los utensi­lios y fueron trasladándose al bote. El bote dormía, encallado, mitad en el agua, mitad en la arena. Un chucho prieto iba y venía husmeando el viaje. Por efecto del silencio del agua, de la luz, del cielo bajero, el mundo todo parecía palpitar, cabecear como un barco en marcha. Los pocuyos, despenicados en la inmensidad, arrullaban la cuna de la noche con su triste «oíeo, oíeo, oíeo», que sonaba intermitente, como la paletada blanda del remo que va, va, va... sin prisa y sin ruido.
—Ya va ser parada diagua, vos.
—Ya paró, mano.
—¡Aligere, pué!...
Despegaron el bote a empujones y pujidos. El bote coleó, libre, des­cantillándose tantito y revolviendo la plata de la luna en desparpajos. Hundidos hasta las piernas, aún empujaron. Luego se metieron dentro y se dejaron llevar por el tranquil del agua parada. Era el cambio de marea; las corrientes que entraban al estero, fatigadas de ir buscando mundo, des­cansaban un momento, antes de regresar al mar abierto. Entonces el peje abismado venía arriba, flordeaguando, y buscaba la calma de las ramazo­nes y de los bancos. Ligeros colazos de zafiro indicaban ya el punto del agua. Las sombras rojizas de los parvos pasaban, esquivando el peligro, avisados por el lánguido paleteo del canalete.
En fraterno silencio los indios cruzaban el agua como si volaran entre dos cielos. En la proa, ávida de espacio, el uno empujaba con la pértiga negra y larga que subía y bajaba rítmicamente, sincronizando con el manosear del canalete, que el otro indio manejaba en la popa, acurrucado y friolento. En el centro del bote el chucho, sentado, miraba tímidamente los cacharros del cebo.
—¡Qué friyo, vos!...
—¡Ajú!...
—¿Vamos al ramazal de la bocana?
—Como quiera, mano.
Los ramazales emergían del agua purísima como inmensas arañas negras. Dos, tres, cuatro..., quedaban atrás. Al pasar rondando un tronco, el raizal projundo barzonió el bote, afligiéndolo. Con hábil punteo, salie­ron del paso.
—¡No se arrime mucho, mano!
Torcieron hacia el sur; a poca distancia del ramazal echaron el fondo y quedaron inmóviles. Poco tiempo después arrojaban los anzuelos. Con rápido ademán los lanzaban al aire. La pita hacía una larga parábola, y el plomo se hundía allá, con un ligero "chukuz". Luego el cordel se queda­ba ondulando encima y poco a poco se abismaba. Quedaban a la expec­tativa. Habían encendido los puros y jumaban, acurrucados.
—¿Pican, mano?
—No quieren picar.
—Ya me punteyan. vos.
—¿Eh...?
—Es bagre, de juro. Estos chingados sian de ber llevado la chimbera.
La chimbera era el cebo. El indio sacó el anzuelo, de jalón en jalón. Por fin sobreaguó el plomo negruzco. Se habían llevado el bocado.
¿Lo vido? Son esos babosos bagres, vos.
—Si quiere nos hacemos al lado de la isla.
Iba a sacar su cordel, cuando un fuerte tirón, que ladeó el bote, les advirtió de una presa mayor.
—¡Jale, mano; debe ser «mero»!
El indio tiró con todas sus fuerzas.
—¡Ya mero revienta este jodido!
Llegó el otro a ayudarle. Tiraron penosamente. El bote cimbraba, voltión. En la cola de un espumarajo surgió de pronto una sombra enorme, que arrollaba la linfa con ímpetus de marejada. La luz nerviosa le mordía en redor.
—¡A la ronca, mano, es tiburón!
—¡Y del fiero, vos!
—¿Lo encaramamos?
—¡Déjelo dir, chero, nos puede joder al chucho!
—¿Guá perder mi anzuelo?...
—¿Qué siarremedia?
Un coletazo formidable hizo crujir el bote. El chucho buscaba fijo, abriendo las cuatro patas y hundiendo la cola. Soltaron. Se apercoyaron a las bordas y trataron de nivelar. Un segundo coletazo ladeó el bote. Dos sombras eseantes atacaban con furia.
¡Levante el fondo ligero!
—¡Aguárdese!
Un tercer coletazo echó de bruces al indio que tiraba del fondo. La caída hizo volcarse al bote; hubo un griterío salvaje; las colas golpeaban en la cáscara del bote como en un tambor. Grandes rosas de espuma se fugaban en círculos, empurpurando la plata mansa. Después, todo quedó quieto.


* * *

Agrupados en la orilla, los moradores del valle escrutaban la noche. Los gritos habían levantado a las gentes. La ña Gerónima, gorda y grasienta, con su delantal de cuadros azules, comentaba temblorosa.
—¡Avemariapurísima!...
Los viejos de quijada de plomo cabeceaban, como diciendo:
—Pa que veyan...
Los cipotes abrían sus bocas y se acurrucaban, para descansar las barrigas enormes.
— Esos han sido los Garciya.
—O los Munto.
—Hilario y Cosme, quizá...
—A saber si jue Mincho de la señá Fabiana.
—Sí, pué...
El día venía abriendo rápido, con ambas manos, los azules del Azul. La luna, marchita ya, se arrinconaba en la montaña. Las ondas de la vaciante tráiban orito en la punta. El manglar se había separado del pai­saje, tomando su cuerpo. La isla verdegueaba, y la fragancia de la maña­na venía mera cargada.
De pronto, se vio una estela que flechaba hacia la orilla. Todos queda­ron en suspenso. Un perro negro llegaba jadeante, aclarando el misterio de la tragedia. Salió de un último pechazo a la orilla; meneó el rabo; se sacu­dió bruscamente la gloria del sol, y no dijo nada.


Bajo la luna


La laguneta se iba durmiendo en la anochecida caliente. Rodeada de bosques negros iba perdiendo sus sonrojos de mango sazón y se ponía color de campanilla, color de ojo de ciego. El camalote anegado en los aguazales le hacía pestaña. El cielo brumeaba como quemazón de potrero, donde eran brasas los últimos apagos del poniente. Abajo había, en balsa de ramalada, dos garzas blancas; la una, mirando atenta la gusanera del viento en el vidrio verde de las ondas; la otra, mirando como asustada el cielo en donde apuntaba una estrella con inquietudes de escama cobarde.
Guelía a mumuja de palo podrido, a zompopera, a chira de mateplátano, a talepate y a julunera triste. Había ahogados en todas las oriyas, ahogados hamaqueantes, sobreagüeros, de troncón y de basura. En las pes­caderas, las varas ensambladas estaban prietas sobre el claror, y se refle­jaban culebriando guindoabajo. Pringaba jenjén y zancudo. A lotra oriya se oiba patente el butute del guauce, llamando a la pareja para beber som­bra. En el escobillal oscuro de la noche, el cielo y el agua quedaban traba­dos, como guindajos arrancados a una sombrilla de seda desteñida. El día se alejaba, lento y cabecero, echando polvo con las patas como los toros cimarrones.
Llegada la noche, un tufo a tigre sopló los matorrales, la laguneta sonaba como una cuerda diagua a cada respiro, y de cuando en cuando se oían los chukuces de las mojarras asustadas.
La ranchería del vallecito estaba en una ensenada oscurecida de tama­rindos y voladores. Había ranchos hojarasquines, y ranchos palma barrendera, coludos como pajuiles, y ranchos empalizados a través de cuyas paredes de esqueleto, la luz candilera —esa tristura de querencia nocturna— se filtraba a los patios de barro desnudo, alargándose en capri­chosas luminarias.
Los chuchos empezaban a ladrar con persistencia; con su quejumbre peculiar, los tuncos revolvían las sobras de huate que bueyes forasteros habían dejado al pie de los morros, de troncos limados por las cornamen­tas. Una guitarra escondida roía el sueño de la noche. Venía saliendo la luna con una fogarada platera que daba gusto. La luz chele y tristona se tendía en los playones bocabajo, alagartada entre los troncos torcidos, chafando las trompas de los cayucos varados en seco. Los jocotes botaban sus frutas de rato en rato, en el blando estiércol espolvoreado. Iban los pri­meros temblores de luz, estremeciendo a lo ancho el agua friolenta.

* * *

Con un trágico sonar de cartucheras y caitazos, el rancho de Miguel se vio rodiado por la escolta guarera. Sobre la puerta, de cuyas rendijas manaba resplandor de alma, el cabo Remigio López dio tres fierrazos con la cruz de su daga. De dentro naide respondió y la luz se apagó, dejando más en luna la entrada.
A una seña del cabo, los chicheros empezaron a culatiar la puerta, hasta que de golpe se jue en blanco. La ventana trasera estaba cuidada por tres hombres y cuando se abrió fue como la boca de una trampa. Hubo una refriega que atrajo algunos curiosos; y pronto los cuatro sacadores cogidos, salían del caserío con las ollas y los telengues al hombro.
El camino estaba como el día, y la arenita fresca acariciaba los pies. Iban los ocho de la escolta distrayéndose con los luceros; y el cabo, mon­tado, jumando su puro, se agachaba dormilón. Sólo los presos conversa­ban. El cabo les oiba, perdonero.
Llegado que hubieron a las ruinas del obraje, hubo un descanso. El cabo López se acercó amigable a Miguel y le dijo:
—Esa ña Pabla Portillo de que hablaba usté, joven, ¿ónde vive?
—En Las Isletas. Es mi mama...
—¿Tiene hermanas su mama?
—La ña Dolores Portillo, de San Juan.
—Es la mía...
—Entonce, usté es Remigio López, el marido de la Felicia.
—El mesmo.
—¡Ah, ya jodimos!...
—Me vuá quedar con vos atrás, y te golvés...
Miguel sonrió apenado y se miró las manos.
—Veya, primo, si me va a soltar sólo a yo, mejor alléveme.
El cabo vaciló, honorífico.
—Es que el deber, hermano... la vaina...
Como Miguel le miraba fijo y callando, el cabo López se alejó lento a la sombra oscura de una fila de isotes y llamó a los soldados, que le fueron rodeando curiosos. Al mismo tiempo Miguel se unió a los presos y les arrimó al puro de la resignación, la brasa de la esperanza.
Después de un buen rato de espera, los sacadores vieron llegar al cabo que se arrimaba caviloso. Se paró enfrente, con los brazos cruzados encima de la daga. Los miró uno a uno como juido. Naide habló palabra. Lejano se oiba el río, siempre despierto. Como en trance sin remedio, el cabo dijo por fin:
— ¡Desgránense, desgraciados; no seya que me arripienta!...
Semejando cercenadas cabezas de gigantes, las ollas se quedaron sóli­tas junto al cerco de púas, como diciendo: "¡Achís, ¿qué pasaría?!..."


El sacristán


Se llamaba Agruelio; era casi joven, casi viejo; su cara era rostro. Sonreiba beatíficamente, con la dulzura triste de las bocas sin dientes. Era moreno; de pelo gris; de ojos grises; de manos grises; de traje gris, de alma gris... Iba siempre agachado; iba, por el corredor del convento, por el suelo de la Iglesia siempre desierta, arrastrisco como una cuca, como ratón. Tenía quién sabe qué de solterona, a pesar de que, en aquel paradójico hogar donde la falda era masculina, daba la idea de la esposa del cura. Los tacones de sus zapatos burros no podían olvidar el martillo del zapatero; martillaban constantemente el eco, impregnado de incienso, de aquella tumba fresca.
Agruelio salía de allí muy pocas veces. Era una especie de topo parro­quial. De cuando en cuando se aventuraba en el atrio, para ver la hora en el reloj de la torre. Miraba a la calle, como quien mira al mar; miraba al reloj, como quien consulta los astros. El mirar tan alto le mareaba. Frotaba sus cejas felpudas y breñosas, y entraba tambaleante a su cueva. Tak, tak, tak,... los tacones, buscadores de tesoros. La nave del templo iba perdida en una tempestad de silencio, izadas todas las velas de esperma con sus fuegos de San Telmo. En la popa, como un mesana desmantela­do, iba el crucifijo.
Agruelio era devoto de Santo Domingo. Santo Domingo vivía en el rincón más olvidado del crucero de la iglesia.
Era aquél un rincón arrinconado, oscuro, frío. La casa del santo era un altar antiguo, de un dorado de kakaseca; ornamentado churrigueresca­mente con espirales terrosas, guirnaldas de mugre, gajos de uvas, piñas, granadas, pájaros muertos, mazorcas de máis y rosas petrificadas. Tenía en la portada unos pilares como pirulíes, unas columnitas de pan francés, unos capiteles de melcocha; y, por las paredes, hojas, hojas, bejucos; me­ditas, chirolas, colas de alacrán y arañas de verdad.
De pie en el portal, el santo, todo vestido de negro y blanco, miraba lán­guidamente tras el vidrio del camarín. Tenía en una mano una bomba de anarquista, y en la otra un libro como un ladrillo; a sus pies, un chuchito de circo. Su rostro era lampiño, a pesar de la barba postiza de madera. Era calvo el pobre; y miraba como con hambre.
Agruelio lo amaba; se parecía algo a él, de tanto contemplarlo. Se roba­ba las candelas del Niño de Atocha (que era el menos respetable, por lo cipo­te) y se las iba a poner a su patrono. Tenía celos de una vieja, que le dispu­taba la predilección. La vieja le adelantaba en limosnas. En aquel rincón oscuro, se marchitaban hasta las rosas de papel. El llanto de las candelas se había cuajado en la mesa de lata. Los rezos habían atraído algunas avispas, que panaleaban en las cornisas.


* * *

Aquella madrugada, Agruelio se había levantado como siempre, a impulso de su presentimiento de gallo que conoce la vecindad del sol. Entró a la iglesia con un portazo. Anduvo preparando el vino para la misa de cinco. Luego fue, taconeando, a encender las candelas. Dejó la vara en un rincón y subió al campanario para dar el primer toque.
Su mano gris, agarrada del badajo, se puso a tirar sobre el pueblo dor­mido grandes anillos sonoros, que caían ondulando, ondulando; abriéndo­se, abriéndose..., hasta llegar a la orilla del cielo, donde despuntaban lige­ros clarores. Luego, Agruelio bajó chas, chas, chas, de grada en grada; siempre arrastrisco, apoyándose con una mano en la pared del caracol. En la escurana, las candelas pintaban claror con sus brochitas azules. Los murciégalos entraban, borrachos, huyendo del día; escupían y se colgaban, como tasajos, en las vigas; uno que otro rozaba la cara del sacristán, con su cuerpo de gumeyo pasado.
—¡Estos babosos!... ¡Shé!...
Quería quitárselos a manotadas, como a moscas. No le casaba mucho el pañueleo espeluznante de las alas de carne.
—¡Bían dihacer recogida, con estos ratones volantes! Tienen carediablo, dientes, pelos y juman... ¡Papadas!...
Se fue derecho al crucero. Al llegar frente al altar de su devoción, se arrodilló persignándose; cruzó los brazos, y, elevando su rostro un poqui­to ladiado, lo endulzó humillándolo, mientras dejaba caer una plegaria.
Fue entonces cuando el terremoto, que había estado un siglo con el pelo cortado, haciéndose el babieca, entró de golpe en la iglesia: y, como un nuevo Sansón, agarro las columnas y sacudió. Agruelio tuvo tiempo de ponerse en pie.
—¡Santo Dios, santo juerte!...
Era tarde. El patrono había soltado su bomba de anarquista. Tambaleó el altar, desmoronándose como una torta seca; se rajó el muro tremendo; y el santo perdiendo los estribos, vino a dar en la cabeza de Agruelio con su ladrillo bíblico.


La brusquita


El rancho de Polo quedaba allá donde empieza a trepar el volcán, al pie de unos caragos jloridos, al jaz de la vereda que lleva onde Meterio Ramos, cerca del cantón Guaruma. Entre pedrencos morados, hecho con paja de arroz y palma, el rancho miraba pa bajo, pa bajo, por encima de los grandes potreros del Derrumbadero, hasta el río Guachote quiba haciendo así, así, hasta perderse en la montaña. Encorralado en un requie­bre, entre cocos y platanares, estaba el pueblo. Eran todas las casitas blan­cas y estaban echadas con los ojos abiertos. Como ganado arisco en des­parpajo, iban allá los cerros atrompesándose unos con otros, o encara­mándose al dir de brama.
La señá Manuela, la partera, dejó el guacal de café en la hornilla apa­gada, sobre el polvito azul de la ceniza, y con un palito encendido pren­dió la cabuya de su cigarro. Con un ojo apagado por el humo, le dijo a Polo para cerrar plática:
—Ve vos, yo sé lo que te digo: nuai más dolor quel de parir...
Polo asintió, con sencilla nobleza de irnorante. Se despidió la vieja y se fue; y el indio, que vivía solo allí, descolgó la guitarra, como quien apecha la tristeza sin temor; y liayudó al cielo a dir pariendo estrellas en la tarde.

* * *

De allá de la carretera, de bien abajo, venía cargando con ella. La bían arronjado diun utomóvil. Él bía visto el empujón y el barquinazo. Iban todos bolos y ella lloraba a gritos. Cayó en pinganiyas, y, dando una güeltereta, sembró la cara en el lodo y se quedó aletiando. Él la pepenó y, como no había dónde, se la llevó cargando al rancho; cuesta arriba, cuesta arriba, sudoso y enlodado. Ella sangriaba y se quejaba. Por dos veces la bía apiado para que arrojara. Arrojaba un piro espumoso y hediondo y diay se desmayaba.
Entró con ella apenas; la puso en la cama y empezó a lavarle la cara con un trapo mojado. A la luz del candil vido, al ir borrando, que tenía la cara chula. El pelo lo andaba al jaz de la nuca; era blanca y suavecita, suavecita como algodón de ceiba. Cuando abrió los ojos vido que los tenía prietos y brillosos, como charcos diagua en noche de relámpagos.

* * *

Se quedó allí mientras se curaba. Había pasado una goma feya, que le bajó con chaparro. Con la sobada que le dio en la pierna, bajó la hincha­zón. Podía apenas dar pasitos, renqueando y quejándose. Pasaba todo el día tirada boca arriba en la cama, descalza su blancura y triste el negror de sus ojos que le sonreiban agradecidos. Se dormía, se dormía..., y él la veiya desde el taburete, medio envuelta en el perraje, con el pelo en la cara, acuchuyada toda ella, dándole el redondo de su cuerpo con un abandono que le hacía temblar y herver. Cuando estaba projunda, él se acer­caba y se inclinaba. Guelía ansina como una jlor de no sé qué, con un perjume que mareya y que da jiebre. Pero Polo sabía, en su sencilla nobleza de irnorante, que nuay que conjundir la caridá...

* * *

—Usté, ¿dióndés?
—¿Yo?..., de la capital...
—¿Por qué la embolaron y larronjaron?...
—Por bandidos que son. Les pegué en la cara y les di de patadas y entonces me aventaron los malditos...
Polo quería decir algo, quería sacar ajuera el ñudo que se le bía hecho en la garganta; pero no salía: era como una espina de pescado y no salía más que por los ojos. Ella lo miraba sonriente. Para animarlo, le dijo:
—¿Qué no me mira que soy «brusca»?
Él no comprendió aquel término urbano. ¡Ah, si lo hubiera dicho con P, qué feliz habría sido!
—¡Qué brusca va ser usté!...
Ella respetó aquello que creyó ser una ilusión de pureza. Él sin duda la tomaba por niña.

* * *

Se separaron en el crucero de los caminos. Allá en el plan. Se miraron fijo un rato, mientras cantaban los pijuyos. Ella le cogió las manos y se las besó, se le atrinquetió en el pecho, y ligerito, le dio un beso en la cara y se alejó renquiando. Él quedó como sembrado. Rígido como tro­tón de cerco, mirándola dirse, pelona y chula, chiquita y blanca. Cuando descruzó, lo voltio a mirar parándose un momento y le dijo adiós con los dedos. Él, sin juerzas casi, le meció la mano.

* * *

Sentado en la piedra, frente al rancho, miraba baboso y juido del mundo, cómo venían, por los potreros del Derrumbadero, los toros tardí­os cabeceando y mugiendo, como si empujaran un trueno.
En la puerta del rancho la señá Manuela, la partera, cansada de hablar sola, se encumbró el último trago de café hundiendo la cara en el guacal y sentenció siempre al igual:
—Yo sé lo que te digo: nuay más dolor quel de parir...
Con sencilla amargura de irnorante, el indio dejó de hacer cruces en la arena, y de un golpe clavó con furia el corvo en el tronco del carago. Cayeron jlores.


Noche buena


La tarde herida cayó detrás del cerro, con lala azul tronchada y el pico dioro entriabrido. El nido de noche quedó sólito, con piojío de estrellas y el huevo brilloso de la luna. Plumas quedaron angeleando, tristosas.
Los guarumos, altos y chelosos, se miraban en las escuranas, con aspecto de espíretos de palos. La brisa espesa, tufosita y jelada, hacía nadar las ramas en los claros morados del cielo. El sereno mojisco unta­ba brillos en los bultos de las cosas; y toda la tierra se encaramaba al cielo en olores. Lijaban los grillos, puliendo el silencio.
Por la puerta del rancho embarrancado, salió al pedrero una puñalada de luz. Las sombras acamelladas de los moradores reptaron hasta el patio. Un chucho, interpuesto, se había hecho mesa en el umbral.
Poco a poco, la noche se fue alunando en clarores hermosos. Desde el patio se columbró el caserío del pueblo. Uno quiotro candil estrellaba la calle. En el campanario antiguo, la luna cuajaba, campaneando alegre; y, de cuando en cuando, los cuetes puyaban la carpa tilinte del cielo, chi­flando todos luminosos y rebotando con estrépito.

* * *

La nana se enrolló en el tapado y salió, seguida de los dos cipotes. La Tina tenía once años; era delgadita y pancitinga. Nacho andaba en cinco: sopladito, pujoso, careto y mocoso. La camisa le campaneaba al haz del ombligo. Caminaba jalado, atrompezándose y con la boca en forma de O, por la trancazón de la ñata. Bajaron al camino rial y cogieron rumbo al pueblo.
Iban, iban..., en silencio, tranqueando por la calle polvorosa que, como una culebra, tenía piel a manchas de sombra y luz. Unos toros pasaban por el llano, empujando la soledad con sus mugidos de brama. Al pasar por La Canoga, frente al rancho de ño Tito, la puerta de luz les cayó encima, asustándoles los ojos, y oyeron la risa de la guitarra. Pasaron en fila. Iban, iban... Como era Noche Buena, había misa del gallo; y se había corrido la bola de que el padre Peraza iba a regalar juguetes a los chicos, después del sermón. La Tina y Nacho no habían tenido juguetes nunca. Jugaban de muñecas, con caragües vestidos de tuzas; de tienda, en la piladera; de pulicía, con olotes; y de pelotas, con bolas de morro. Iban, iban... La chucha seca los seguía, rastrera y tosigosa. Se óiba ya, clarito, el tamborón y el pito que pastoreaban la alegría pueblerina. En una embrocada que se dio el camino, saltó cheleante el pueblo; y, desde la torre de la iglesia, el ojo con dos pestañas del reló se les quedó mirando ceñudo, y no los perdió de vista hasta que embocaron por la plaza.
Había ventas; olía ajumo, a guaro, y a cuete. Se entraña al atrio entre ramas de coco y pitas empapeladas de colores. El pito y el tambor pasto­reaban la alegría.

* * *

La niña Lola los topó en las gradas.
—¿Habís venido al reparto, Ulalia?
—Sí, pué...
—Date priesa, si querés que te les den algo a los cipotes. Ya el padre tá cabando.
La nana jaló la cadena, en busca del reparto; siguió el lateral de la iglesia, y se aculó contra el chumazo e gente que iba entrando encipotada al reparto. La bullanga ensordecía. Entre los que se réiban, pujaban los apretados.
La Ulalia seguía aculada, siempre al tanteyo de coger puesto. Por fin, llegó hasta la barriga negra del cura. Sonaban trompetas: sonaban chin­chines; sonaban tumblimbes.
—¿Y vos? ¿Vos no sos del pueblo, verdá?
—No, padre-cura; soy del valle...
—¡Hum, hum!... ¿Tus cipotes nuán venido a la doctrina, verdá?
—No, Siñor: tamos lejos...
—Hum, hum!... Para vos nuay; para vos nuay... ¿Entendiste? Para vos nuay... Pase lotra, pase, pase...

* * *

Topadito al cerro, floriaba un lucero. La Ulalia iba, por el camino, de güelta.
Con su voz tísica, decía:
—¡Apurate, Nachito, andá!
La Tina luiba jalando. Nachito decía:
—¿Y ed juguetes, mama?...
La camisa le llegaba al ombligo. Iba tranqueando. A lo lejos, se óiba el río embarrancado. En los claros, salían de los palos brazos negros, que amenazaban el cielo.
—Apurate, Nachito, andá!...
—¿Y ed juguetes, mama?...
Al pasar por el rancho de ño Tito, la puerta de luz les cayó encima, y oyeron la risa de la guitarra.


Bruma


Pringaba siempre, como toda la noche, como todo ayer... El día había nacido de la escurana como un humito azulón. Era tiempo de ñebla y la laguna estaba dormida, borrosa, y de ella se desprendía con el silencio un aroma triste. El agua gris, perdida en el cielo gris, era casi invisible. Dulcemente batía la orilla como si la besara. En aquella orilla oscura parecía finar el mundo suspendido sobre un precepicio de tristeza.
El cayuco se desprendió de la palizada con pechazos suaves de pes­cado colasero. Como el alma diun palo viejo que se desprende del mundo, así el cayuco se fue alejando, volátil, en aquel cielo de neblina. Hundía y alzaba el ala delgadita de la pértiga, coliando timonero con la pluma del remo. Un pescador cantaba. Su voz volaba entre la ñebla dorisca, como un murciégalo atontado salido diun oscuro querer. Murientes ecos sobreaguaban en la distancia. En aquella luz que se disol­vía en la bruma, extrañas formas parecían despertar al conjuro del canto. Caderas de plata venían danzando sobre el agua muda; azules cabelleras flotaban en la brisa y había allí, en la margen, vagos ruidos de bocas que se abren a flor de agua, de suspiros, de besos, de gárgaras, como si todas estas brujerías se hubieran despertado para embriagarse en la mañana sutil.
Dejando suelta al dulce ondeyo del remolque la trenza de su canto, el negro Calistro calló chachando su mutismo al de su chero, como pa hacer un tecomate de tristura. Iban ligeros; más que sobre el cayuco, parecían bogar sobre el silencio. Una quiotra espumita iba reventona y eferves­cente en la punta del remo, dejando oír su leve gorgorito.
Seguía pringando cernido. Jueron dejando de remar, dejando, dejan­do, hasta que se quedaron casi quietos sobre el respiro del agua dormida. El sol, en medio de la ñebla, era como el corazón amariyo de una jlor algodonosa. Echaron los anzuelos. En aquella vagancia de las cosas no se sabía si picaría un pez o si picaría un pájaro.

* * *

Al mediodía se puso más tupido y más jrío. Llevaban tres horas pes­cando y no habían ajustado el tanto de rigor. Oyeron un cantar bajito, allí cerquita, y pensaron afligidos en el Duende. De pronto, una sombra vaga surgió del fondo de aquella claridad golpiada y se precipitó violenta sobre el cayuco. El golpe se oyó sordo como mazazo en piladera, y tras el golpe el chukuz, chukuz, chukuz de tres cuerpos al caer al agua. Manoteyos, voces y maldiciones, en trágico remolino, rondaron las cáscaras de los cayucos embruecados.
—¡Nade juerte, chero, hay que salir!...
—Voy nadando, oyó. ¿Quién babosos será ése que vino a jodernos?
Una voz cercana se dejó oír tranquila y orientera:
—Van nadando al contra, hijos. Laguna adentro siogan; síganme a yo.
Aquella segunda les dio confianza; y a nado e chucho buscaron el braciado del desconocido, que los guió, los guió, los guió hasta que asen­taron jadeantes en el lodito mechudo de la orilla. Al tanteyo buscaron el monte y se tendieron a descansar. El negro Calistro estaba casi acalam­brado por el yelo del agua. Quería preguntar al desconocido quién era, y darle las gracias; pero el juelgo se le atorzonaba en la garganta como un tapón y no podía hablar.
Dejó al fin de pringar. Un vientecito brincador empezó a barrer el cielo. El sol logró meter un rayo dioro en la laguna, como carrizo en jíca­ra, y empezó a beberse la cebada espumosa de aquella neblina. A las tres se vido clarito las dos rodillas prietas del volcán acurrucado allá en Oriente. Como enormes esponjas oscuras, fueron apareciendo las rama­zones de los palos asomados a la playa. En el patio del rancho cercano, la tarraya colgada de una pértiga parecía la telaraña del callar, para coger moscas de ruido.
El negro Calistro y su compañero miraron curiosos al endeviduo neshnito, que no lejos de ellos mostraba su espalda negra y angulosa de taburete viejo. Les bía sacado seguros, reuto y al mero punto de su pro­pio rancho. Cuando el indio volvió su cara barboncita, cholea y sonrien­te, una exclamación de asombro brotó al unísono de sus labios:
—¡Ño Vicente, el ciego!...
—El mesmo, hijos. A nosotros los chocos nos encamina el estinto, un estinto más seguro que la bruja de los ductores, quiapunta siempre al Norte, según el decir...


Esencia de "azar"


La aurora se iba subiendo por la pared del Oriente, como una enreda­dera. Floreaba corimbos rosados y gajos azules. Una que otra hoja dora­da asomaba su punta. Las estrellas se iban destiñendo una por una.
Un vientecillo helado, aclarante como si llevara disuelta en su caudal la luz, iba llenando la pila del mundo con el agua dorada del día. Los gallos flotaban, aquí y allá, como pétalos despenicados de una sola ale­gría.
Dulcemente se abrió la puerta de la esquina y espantó en la tienda los olores dormidos: olor a maicillo y a petate nuevo; olor a mantadril y a cambray pirujo, a jabón, a canela y anís. La luz tranquila entró, limpian­do de sombras los estantes, los mostradores, los sacos aglomerados a lo largo de la pared y la máquina de coser, sobre la cual el gato gris seguía durmiendo, enroscado como un yagual.
La Toya abrió también la ventana; y, cogiendo la escoba del rincón, empezó a barrer con el polvo de tiste de los ladrillos, las tiras de género, las briznas de tusa, los pelos de elote y uno quiotro papel. A lo lejos, fre­ían un huevo.
La ña Grabiela salió del dormitorio, apartando la cortina de perraje. Era una viejecita blanca, lenta y encorvada. Sus ojillos, verdes y hundi­dos, miraban bajeros, siguiendo los giros del pescuezo. Sobre su panzinga de beata, colgaba el delantal fruncido; y, sobre el delantal, el mosque­ro de llaves. Tembeleque, llegó al mostrador; miró, con ojos de ausencia, la calle empedrada que subía curveando; el trasero mugriento de la igle­sia; y, a través del arco del campanario, el cielo azul, de un azul dominguero. Luego, la ña Grabiela abrió la gaveta del mostrador y, metiendo su blanda mano de espulgadora, hizo sonar el humilde pianito del pisto.
—¡Toya!...
—¡Mande!...
—Andá onde Lino, que te venda un cuis de esencia de azar. Lleva el bote. Miá güelto el dolor...
Por la esquina entró una cipota y fue a pegarse al mostrador, empi­nándose sin lograr dominarlo.
—Ración de canela y ración de almidón...
Cantaba al hablar. La ña Grabiela, que era un poco sorda, no la oyó.
Andaba dando vueltecitas de uno a otro lado. Espantó al gato, metién­dole un tastazo en la nalga.
—Ración de canela y ración de almidón...
La viejecita entró en el dormitorio, apartando la cortina. Iba tambale­ándose. La niña, siempre pegadita al mostrador, catarrosa y desmechada, continuaba esperando. A lo lejos, en el patio, alguien se bañaba a guacaladas.
De la trastienda llegaba un quejarse congojoso. La cipota no hablaba ya más: escuchaba, con la boca entreabierta, el quejarse monótono, como mecido de hamaca. Poco a poco iba menguando, menguando... hasta callar. Cuando calló, la niña salió tímida al andén y aguardó.
Llegó la Toya, con la esencia de azar. La niña la detuvo.
—La ña Grabiela taba quejándose, y se jue callando, y se jue callan­do, y se jue callando... hasta que se calló.
La Toya entró corriendo.
—¡Madrina, Madrina!...
Alguien seguía bañándose en el patio, a guacaladas. Dulcemente vol­vió a cerrarse la puerta de la esquina, guardando los olores: olor a maici­llo, olor a petates, olor a manta y a cambray pirujo, a jabón, a canela y anís... y a esencia de azar.


En la línea


Todos los días pasaba la ciudad cuatro veces, dos de ida, dos de vuel­ta. Paraba allí un momento, con su vocerío y su vender y comprar, con su cosa de clases y alcurnias y con sus lenguas exóticas. Cuando se alejaba la estación quedaba otra vez en el grato abandono del campo, solita a la sombra de la montaña, con sus plátanos de hojas dormilonas en la brisa, y sus madrecacaos vestidos de encaje. La paz contaba gotas en el vertidero cercano, entre quequeshques de grandes hojas, envidiadas por el ele­fante negro del tanque bebedero, que no tenía orejas para sacudirse los mosquitos. Cuando el tren se había perdido en el recodo; cuando sólo se oía ya el rodar sordo de torrentera y apenas, al cruzar un corte lejano, se miraba el bíceps apurado de la locomotora color de clarinero, que iba hundiéndose en el viento con su cola de rojo-quemado, la sombra enfren­te de la estación se hacía más ancha y más fresca, volvían a oírse los gallos y el chiflido del viento en los alambres del teléfono. El volcán esta­ba enfrente, enmontañado y silencioso; las nubes inclinadas miraban indolentes, perezosas y adormiladas los cuadritos de los sembrados y ara­das; y en la oquedad de la casita de madera y lámina se oía el aparatito del telégrafo, picando letras, como paloma mensajera de ávido buche.
Había detrás una hortaliza que el viejo Jefe de Estación, lampiño y célibe, regaba balanceando la regadera con la unción de quien fumiga un altar. Un mozo dormía despernancado en la banca de la plataforma; y allá, junto al cerco del potrero, que se perdía en lejanas hondonadas, un caba­llo blanco dormitaba de pie, esperando la caricia cuotidiana del viejo, quien al pasar con la regadera vacía, le palmeaba la tabla reluciente del cuello.
Había para el Jefe de Estación largas horas de recreo, como para los niños de escuela. Él jugaba entonces a regar; a sembrar nuevas eras; a llenar el filtro; a poner fruta en la jaula de las chiltotas; a coger la toalla, el guacal de lata y el jabón diolor y meterse en la caseta de lámina sin techo, donde había un barril de hierro rebalsando de frescura; a sentarse en la perezosa de lona mugrienta, para leer con sus anteojos rajados el diario tardío; a contemplar, puesto en jarras y la cabeza echada a la espalda, como pasaban las manchas de pericos bulliciosos, o a dormir en la hamaquita, con sueño alígero de cumplidor de deberes. Era un buen hombre y un hombre feliz.

* * *

Un día, acababa de nacer la manada de pollos, cuando no había aún llegado el primer tren, mientras se sacaba de la planta del pie una espina de ishcanal que le había atravesado la suela, sonó el timbre del teléfono. Renqueando se acercó al aparato y dio varias vueltas a aquella manivela, que zumbaba siempre como abejorro de alarma que acongoja el corazón. Le hablaban de la estación terminal, y de orden del Gerente pasaría el lunes a otra estación.
Colgó el audífono con la lentitud y parsimonia de quien coloca una corona sobre una tumba. Todo aquel amor del paisaje y del hogar estaba destruido; destruido como por un huracán, como por un terremoto, como por un incendio, sin que pasara nada... Cuando el pito del tren sonó en la distancia, él lo confundió con un sollozo demasiado retenido, que se hace grito en las entrañas. Luego comprendió. Se enjugó los ojos con la manga negra; hizo, a su pesar, unos cuantos pucheros con su boca sin dientes, y se preparó a recibir el convoy, la ciudad errante de los que no compren­den ni aprecian la paz y la soledad.


El contagio


Después del aguacero de la noche, había clareado gris, mojado, encharcado, invernicio... Venía la mañana en ondas frescas, anegando la oscuridad. Todavía no daban sombra las cosas; las sombras eran diluyentes, borrosas como luz golpeada, como humedad de sal. Se venía el olor jelado del cielo, con algo de amoníaco y algo de ropa limpia. Silbaba, único, un pajarito invisible en un árbol frondoso; silbaba con dulzura de agüita plateada. Las hojas nadaban en los remansos de brisa, como pececitos oscuros. Iba clareando... Y el alma, como los matorrales, estaba empapada de felicidad.
En la casa de la finca, el patio cuadrado dormía aún. Por el lodito habían pasado los chuchos. Una teja salediza se había quedado contando gotas azules, sobre un charquito que, abajo, bailaba trompos diagua. Salía el humo de la galera, como una parra celestial. Don Nayo, enrollada en la nuca una toalla barbona, venía por el corredor. Con el bastón abría un hoyito, y sembraba una tos; abría un hoyito, y sembraba una tos. Los murciégalos se iban enchutando en las rendijas oscuras del tabanco, como pedradas de noche.
A lo lejos, lejos, los gallos abrían puertas chillonas. El día se tamba­leaba indeciso, bajo la nubazón sucia, como carpa de circo pobre.
Don Nayo llegó al portón. No podía enderezar la cabeza, porque su nuca estaba paralizada; lo cual le daba un vago aspecto de tortuga mareña. Miró al cielo de reojo; aspiró el olor de los limones; se puso el palo bajo el brazo y llamó aplaudiendo.
—¡Cande!...
La Cande gritó desde la cocina:
—¡Mandé!...
—Date priesa...
La Cande atravesó el patio dejando su priesa pintada en el suelo. Era quinzona, rubita, gordita, nalgona, chapuda y sonreiba constantemente. Daba la impresión de bañada, dentro del traje pushco y jediondo.
—¿Qué quiere, tata?...
El viejo le alcanzó la oreja al tanteyo.
—Babosa, no téi dicho que cuando vengas a trer lagua, cerrés bien la palanquera!
La campaneó tantito y, arreándola, con el palo enarbolado, la siguió hasta el platanar.
—¡No cierre, anímala, espere que salgan las yeguas!: ¿no ve que están allá?...
Tres yeguas secas estaban olisqueando en la huerta. Sobre las eras de nardos se veían los hoyos de los cascos. Se fueron aculando despacio con­tra la cerca; y, cuando la Cande les cortó el paso, saliendo del breñal con un chirrión en alto, las tres bestias dieron un respingo nervioso y huyeron por la puerta hacia el potrero. A lo lejos, seguía oyéndose el galope con su patacón, patacón, patacón...
Había amanecido. El viento madruguero había ido cogiendo cada estrella con dos dedos, soplándolas como mota de ángel, hasta desapare­cerlas. Por un descascarado de nubes, se miraba la paré del cielo, ricién untada de azul. Los volcanes bostezaban, en camisón de dormir. Pringaba.
—Traiga el canasto, Cande: vamos a pepenar los nances y los limo­nes.
La Cande fue por el canasto. Bajo el limonero, el suelo doraba. Olía a mañana. Daba lástima desarreglar el paisaje enfrutado. Don Nayo y la Cande fueron pepenando, uno a uno, los limones. Más abajo, al haz de un granado, estaba el nance. El suelo aparecía cundido. La ladera había lle­vado rodando los nances hasta bien lejos. Parecía como si a la planta se le hubiera roto el hilo de un inmenso collar.
—Tempapado el monte, tata.
—Cuidá de no empuercar el vestido.
—Afíjese que anoche soñé el Contagio...
—¿Eh?...
—Era un endizuelo así, sapito, con buche y con una cosa feya aquí.
—¿Onde?
—Aquí...
Seguían cayendo limones, que quedaban medio hundidos en el lodo negro. A orillas de la acequia se oía una fiesta de sanates. Bajo los cha­rrales empezaron a rascar las gallinas, haciendo sonar las hojas marchitas. Los grillos se habían ido consumiendo en el claror.
—Mero horrible, el indizuelo; y me chunguiaba.
—¿Te qué?...
—Me guasiaba y me chunguiaba, en un cuento como cuarto oscuro... ¡Uy!... Es que comí chacalines...
—De juro que eso jue...
—Écheme una mano, tata.
Don Nayo le ayudó, como pudo, a ponerse el canasto en la cabeza. La Cande lo sostenía con ambas manos; las mechas le caiban por la cara; con un respingo se afirmó, equilibró el espinazo; sacó la puntita roja de la len­gua y se alejó hacia la casa, con rítmico andar.
Don Nayo miraba alejarse a su hija. Pensó: «Es guapa, es güeña, la chelona»; se sonrió, con sonrisa de arruga. Los gallos abrían a lo lejos fantásticas puertas; por ellas entró bruscamente un chorro de sol.

* * *

Don Nayo paró a su mujer en la mitad del dormitorio.
—Mirá, Lupe —le dijo—, andá con cuidado con la Cande: ya maliseya...
—¿Eh?...
—No me gustan tantito, sus caídas diojos, sus pandiadas al pararse. Méi fijado que deja a ratos de moler y se come las uñas; además, le ondeya el pecho como a las palomas. Andá con cuidado, te digo...
—Dice bien, Nayo; yo también la héi oservado. Se chiqueya, sin que­rer; se mira nel espejo, cada vez quentra aquí; y, a ratos, da brincos de calofriyo. También no me gustan las cosas que me cuenta. Dice quel otro día, cuando Nicho la tentó jugando, sintió un burbujeyo extraño. Además se le van los ojos, coge juergo a cada rato, le pica la palmelamano.
—Pa que veyás. Andále con tiento, no se nos descantiye con algún malvado.
—Decíle al Nicho que no liaga tanta fiesta.
—Se lo vuá poner en conocimiento, a ese infeliz.

* * *

Zarceaba el viento en la palazón de los conacastes, como en una gui­tarra destemplada; el sol entraba ya en la hindidura dialcancía del hori­zonte. En el cielo, las nubes mostraban choyones desangrados. Las golon­drinas inspeccionaban el velamen recién izado de la tarde; en el callar, la tierra daba bordazos de sombra.
Por el camino venía Don Nayo, lento y tosigoso. La Lupe lo espera­ba en la palanquera.
—¿Qué lihubo, Nayó?...
—Los casaron. Los juí a dejar al terreno. Tan contentos.
—¿Le arvertiste a Nicho de lo que te dije?...
—Más valiera no me bieras dicho jota, miás azorrado con el yerno.
—¿Eh?... ¿Por qué?...
—Cuando lo llamé aparte y le recomendé que la tratara con primor, no fuera ser que se asustara, se echó a rir y me dijo: «No siaflija por babo­sadas, esa yes cosa antigua: asigún colijo, la tengo ya empreñada dende hace un mes».
—¡La Virgen del Martirio!
—Y parecía que no quebraba un plato...
—Güeno, después de todo, arrecuérdese, Nayo, de nosotros, cómo hicimos...
—Decís bien, es el Contagio...
La tarde se había perdido a lo lejos, dejando como estela un espuma­rajo de estrellas; sobre la arena del mundo, los árboles negros se movían como cangrejos.


El entierro


Cumbreaba la tarde, cuando de las últimas casas salía el entierro de ño Justo. Todos iban achorcholados y silencios. Una nube corrediza había regado el camino, perfumándolo, esponjándolo, refrescándolo. Se mez­claba el olor del suelo, con el tufíto de las candelas que llevaban las vie­jas. El renco Higinio caminaba delante del cajón. A cada paso parecía que iba a arrodillarse; daba la impresión de llevar meciendo un incensario. Todos iban achorcholados; el arrastre de los caites cepillaba los credos, que salían como de un cántaro a medio llenar. "Chorchíngalo" llevaba el racimo de sombreros; cargaban Atanasio, Catino, don Juan y don Daví.
Cumbreaba la tarde, chispeando en lo ricién mojado. Los cerros bar­budos se ahogaban en la sombra, sacando apenas las narices para respi­rar. La brisa mecía las frondas, que asperjeaban el cajón como un hisopo. A lo lejos, lejos, lejos, allá por las Honduras, llovía ceniza caliente.
Atrás jue quedando el grito herido de la Tana; la casa chele de Juan Barona; los tapiales de adobe, cundidos de reseda; la pilita seca; la case­ta de la ronda, con su cruz verde pegoteada de papeles de color. El cami­no empezaba a bajar por el barrial. Al fondo atravesaba, sobando los talpetates, el riíto de Miadegüey. A los lados, en el explayado de arena, cre­cían berros. Pasó el amatón de la Fermina; el rancho de Lolo; subieron la cuesta del Chichicastal, y entraron de nuevo en tierra llana. A lo lejos, cabezonas, se miraban las ceibas del pantión, ya borrosas en el callar.
Felipe aventuró:
—¿Juiste anoche al velorio, oyó?...
—Sí jui...
—Yo no jui, pero vengo al entierro del juneral.
Caminaban cada vez más a prisa, por la noche que se desmoronaba poco a poco sobre el campo. Pararon para cambiar los cargantes, porque ya pujaban mucho. Los dos alambres del telégrafo iban siguiéndolos de poste en poste; se detenían, curiosos, en los aisladores, mirándoles con los ojos verdes; a veces, se enmontaban por las barrancas, e iban a salirles adelante. Parecía como si quisieran pasar al otro lado del camino y el entierro se lo impidiera, llegando siempre en aquel momento preciso.
Cada vez se oía más el golpe de los tacones sobre la panza del cami­no. Las llamitas de las candelas se habían volado, haciéndose estrellas. Poco a poco oscurecía; no se vio ya sino el brocal pasmado del cielo. Sólo se oía el cepillar de los caites; el golpetear de los tacones; el rechinar del cajón; el pujar de los cargantes, y aquel credo que seguía el entierro como una cola de moscarrones. De cuando en cuando se trompezaba alguien, y se oía un brusco: "¡piedra hijesesenta mil!...". También se oía una que otra escupida, con su húmedo ¡jaashup!..., o la tos cascada de alguna vieja.
Ya no se veiya. Por ratos, en los claros, se pintaban las curvas prietas de los alambres, que no habían aún logrado pasar.
Ya cuando era imposible ver, don Daví encendió el farol. Iba con el trapo de luz por el pelado camino. Sus calzones blancos se miraban mover­se en la lumbre, como ánimas en pena. De cuando en vez saltaba una pie­dra, en medio de la luz, con el hocico abierto y amenazador. En un descruce, relampaguearon los ojos de brasa de un chucho, que se aculaba ate­rrorizado. Como diablos negros iban bailando los troncos, detrás del cerco. Por fin llegaron a las tapias del pantión. Otro farol esperaba en la puerta.
—¿Qué jue que les cogió la noche, hombre?
—Cabsa la Tana...
—¡A la gran babosa! Ya mero nos íbamos: hemos oído ruidos en los mucsoleyos.
—¿Eeee?...
Entraron. A la luz ladrante de los faroles, las tumbas tendían sábanas repentinas, algunas de ellas desgarradas o sucias.
Bajo el pino grande, estaba el hoyo de ño Justo. Lo jueron bajando con lazos. El cajón crujía, lastimero. Los faroles, bajeros, alumbraban un mundo de pies curiosos, al borde del hoyo. Topó. Sacaron los lazos a choyones. Después, la pala implacable empezó a tirar tierra. Cáiba la tierra negra, con sordo aporreo. La pala chasqueaba la lengua, al coger; y el hoyo oblongo eructaba al recibir. Los pies se habían ido saliendo de la luz, como cusucos asustados.
De dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro, las gentes habían ido regresando. Regresaban animadas. Alguno cantaba. Los deudos gimoteaban al haz del hoyo, ya casi colmado. Las dos enormes ceibas se lazaban en la oscuridad, como un solo coágulo de noche. Las estrellas, encorraladas ya, rumiaban orito.


Hasta el cacho


Los nubarrones ensuciaban las tres de la tarde, como dedazos de lápiz. A lo lejos, en las aradas que iban bajando de los cerros pelones, se miraban las tierras como pintadas con yeso. En aquel paisaje, dibujado sobre pizarra de escuela, la montaña era como una resquebradura. Venía lloviendo por todos lados. El viento balanceaba su regadera sobre aque­llos plantíos de tristeza. El polvo, despertado bruscamente, se despereza­ba y se echaba a volar, como un fantasma. En la lejana azulidad de la costa, la tormenta iba empujando sus cortinas.
Pedrón y su hijo, dejando el arado y la yunta a merced de la lluvia, alcanzaron a llegar bajo un amate. Las primeras gotas palmeaban la tie­rra, precipitadamente y a tientas, como un ciego que ha perdido algo en el suelo. El terrón desflorado sonaba como un cuero, y olía como flor de tierra. Las hojas se enmantecaron de yá, agobiadas con el raudal cristali­no. Los truenos pasaban, rodando como piedrencas en la barranca de la quebrada. De cuando en cuando el rayo encendía, de un fosforazo, su puro escandaloso.
—¡Qué aguacero, hijó!...
—¡Mire... tata, cómo sihacen los cocos... allá!...
Pedrón se pegó más al tronco del amate, con su brazo amplio prote­gía al cipote; una que otra gota, llena de colores, venía meciéndose de hoja en hoja, hasta caer en el aro viejo del sombrero. Las ramas, bajeras y anchas, dibujábanse en seco, sobre el terreno. Había en aquel refugio una suavidad hogareña.
—Cuando vos naciste taba lloviendo tieso...
—¿Eeee?...
—Meramente como hoy... Tu nana tenía friyo; jue como a las diez de la noche.
—¡Pobrecita mi nana!...
—Sí pué, pobrecita...
Había ido decayendo la lluvia; aflojando, languideciendo, agonizan­do. Una brisa de tarde dorada sacudía el agua de los matorrales. A lo lejos, los eucaliptos negros y secos se adentraban en el cielo gris, como rayos negativos. Como espuma lambía la neblina las lomas olvidadas. Rojos de barro, iban los regueritos buscando su salida por los surcos. Los bueyes, pintados allí por la frescura, rumiaban recordando... Al haz de la piedra de la tormenta, nacía el crepúsculo, como una florcita. Un sol mieludo untaba los cerros, que se agachaban desnudos y en grupo.
—Amonós, vos; ya se calmó.
—Mempapé el lomo...
—Ojalá no te vaya a repetir el paludís.
—Primero Dios...
Cruzaron el campo raso, hundiendo en el barro pegajoso los pies oscuros. En aquel golfo de tierra negra, eran como dos agüegüechos heri­dos.


* * *


El shashaco Tadeyo llegó apriesa onde Pedrón.
—Pedrón —le dijo—: Don Juan José tiene mercé de verte: sestá muriendo y te quiere hablar.
—¡Eeee?...
—Andá, hombre, el deseyo de los murientes hay que cumplirlo. Ya casi no pispileya, y sólo a vos te aguarda.
—¡Achís!... ¿Y qué me querrá el maishtro?
—¡Antojos!...
—¿No mestás tirando, hombré?...
—¡Agüén!... ¡Por estas!...
Fueron apriesa por el caminito. La noche era oscura y los pies iban al tanteyo por el pedregal. En una vuelta, apareció la puerta en luz de la casa de don Juan José, el maestro albañil. Entraron, agachándose.
Desde allí se alvertía el ronquido del moribundo. Los familiares rode­aban la cama. Pedrón se acercó, con el sombrero en la mano. Se paró aga­rrado de la cabecera. Miró, tímido, los ojos pelados del enfermo.
—Si le puedo ser de servicio...
—Que me dejen solo con Pedro... —pidió, con temblorosa voz, el viejo—. Arrimáte, hermano; óime tantito, antes de dirme...
Salieron todos. Pedrón se sentó, jalando un taburete. El viejo empezó a llorar sobre su estertor.
—Perdonáme, hermano!...
—¡Agüén!... ¿Y yo de qué? No siazareye, que liace daño.
—Tengo un pecado feyo, que no quiero dirme sin confesar...
—Si quiere, le llamo al padre.
—No. Es con vos, Pedro; porque a vos te se jue hecha la ofensa.
—¿A yo?...
—La Chica se metió conmigo. Nos véyamos descondidas tuyas. El Crispín es mijo...
Fue tan rudo el golpe asestado en el pecho de Pedrón, que éste no se movió; abrió un poco la boca. Sentía que una espada diaire le había pasa­do de óido a óido, al tiempo que un tenamaste le caiba en el estómago. Se puso cherche, cherche. El enfermo clavó sus lágrimas en aquel rumbo, y pidió perdón. No obtuvo respuesta; sólo un silencio puntudo, que le dio un frío violento. El pecado, rodando de la garganta al pecho, atravesó sus dos puntas, haciendo sentarse de golpe al maishtro. Dio un gruñido; buscó a tientas el borde de la vida, y cayó en brazos de sus familiares que llegaron corriendo.
Pedrón aún estaba mudo, apoyado en la vista como en un bordón. De la gran escurana llegaban a su corazón aquellas palabras de alambre espi­gado: "El Crispín es mijo"... Sobre la cama descansaba ya muerto el morigundo. Le habían cerrado los ojos con los dedos, y la boca con un pañue­lo azul. Alrededor de la cama empezaron las mujeres a verter rezos y lágrimas. Con ojos como botones, los hombres le miraban la boca trasla­pada. Naide supo exactamente lo que allí pasó: un gritar destemplado, un empujar, un "¡Jesús, Jesús!", un crujir de cama, un puñal de cruz ensarta­do hasta el cacho en el corazón del muerto. El muerto bía sido asesinado. Dijeron que Pedrón se había trasjuiciado. El Comisionado no lo arrestó: en primer lugar, porque el muerto yastaba dijunto cuando el asesinato; y en segundo, porque el autor del sacrilegio taba loco.
Para no desangrar el cadábere del finado, no le quisieron sacar el cuchillo; se fue al sepulcro como tapón de odio: ensamblado hasta el cacho, como crucita de maldición. Tierra prieta le cubrió amorosa; sobre el suelo se enterró la cruz grandota, la cruz de bendición, con su "Descanse en Paz".


* * *


El Crispín, el hijo del muerto y de la muerta, andaba echado e la casa hacía tres días. Su propio llorar lo había llevado al borde de la que­brada: allí silencioso, allí sombrío; allí, donde lloraba el suelo. Sentado en el hojerío, debajo de los charrales, se quería morir diambre. Sentía que se ahogaba, en un dolor amoroso que le llegaba a la coronilla. Su amado papa lo bía sacado diarrastradas, aquella tarde maldita; lo bía ido empujando parajuera: "¡Váyase, desgraciado, váyase; usté nues mijo, váyase; no giielva, babosada, no seya que se me vaya la mano!".
Por dos veces, su papa le bía encumbrado el corbo. Allí se estuvo llo­rando, sin comer, sin dormir... Tenía hinchados los ojos, la boca pasma­da, la mente vacía.
Aquella atardecida, cuando ya las sombras estaban maduras y se des­prendían; cuando los toros pasaban empujando un alarido, y las estrellas se despenicaban como florecillas sobre el patio del cielo, Pedrón surgió de la breña y cayó sobre su hijo, como un jaguar hambriento de amor. Le corría el llanto por la cara y por la camisa. Se hundió al hijo en el pecho, sofocando sus sollozos.
—¡Mijo, mi lindo!... Perdonáme, cosita; taba como loco!...
Le sobaba la crencha lacia, ebrio de compasión.
—¡No cuede ser, Crispito e mialma; no cuede ser, no cuedo vivir sin vos!... ¡Estos diyas negros mián quitado la vida! He sentido que tenía tra­bado al corazón, el puñal que le dejé al dijunto; yo mesmo me bía hecho el maldiojo. Al fin juimos con Tadeyo, y se lo quitamos; hora te siento mijo otra güelta...
Despegándose del pecho de Pedrón, con un dolor que retorcía su cara como un trapo, para estrujar las últimas gotas, el niño le miró fijo y, tras un esfuerzo inmenso, logró gotear:
—¡Pa...pa!...


La petaca


Era pálida como la hoja-mariposa; bonita y triste como la virgen de palo que hace con las manos el bendito; sus ojos eran como dos grandes lágrimas congeladas; su boca, como no se había hecho para el beso, no tenía labios, era una boca para llorar; sobre los hombros cargaba una joro­ba que terminaba en punta. La llamaban la peche María.
En el rancho eran cuatro: Tules, el tata; la Chón su mama, y el robus­to hermano Lencho. Siempre María estaba un grado abajo de los suyos. Cuando todos estaban serios, ella estaba llorando; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos reían, ella sonreía; no rió nunca. Servía para buscar huevos, para lavar trastes, para hacer rír...
—¡Quitá diay, si no querés que te raje la petaca!
—¡Peche, vos quizás sos lhija el cerro!
Tules decía:
—¡Esta indizuela no es feya; en veces mentran ganas de volarle la petaca, diún corvazo!
Ella lo miraba y pasaba de uno a otro rincón, doblada de lado la cabecita, meciendo su cuerpecito endeble, como si se arrastrara. Se arrimaba al baúl, y con un dedito se estaba allí sobando manchitas, o sentada en la cuca, se estaba ispiando por un hoyo de la paré a los que pasaban por el camino.
Tenían en el rancho un espejito nublado del tamaño de un colón y ella no se pudo ver nunca la joroba, pero sentía que algo le pesaba en las espaldas, un cuenterete que le hacía poner cabeza de tortuga y que le encaramaba los brazos: la petaca.


* * *


Tules la llevó un día onde el sobador.
—Léi traído para ver si usté le quita la puya. Pueda ser que una soba­da...
—Hay que hacer perimentos defíciles, vos, pero si me la dejás unos ocho días, te la sano todo lo posible.
Tules le dijo que se quedara.
Ella se jaló de las mangas del tata; no se quería quedar en la casa del sobador y es que era la primera vez que salía lejos, y que estaba con un extraño.
—¡Papa, paíto, ayéveme, no me deje!
—Ai tate, te digo; vuá venir por vos el lunes.
El sobador la amarró con sus manos huesudas.
—¡Andáte ligero, te la vuá tener!
El tata se fue a la carrera.
El sobador se estuvo acorralándola por los rincones, para que no se saliera.
Llegaba la noche y cantaban gallos desconocidos. Moqueó toda la noche. El sobador vido quera chula.
—Yo se la sobo; ¡ajú! —pensaba, y se reiba en silencio.
Serían las doce, cuando el sobador se le arrimó y le dijo que se des­nudara, que liba a dar la primera sobada. Ella no quiso y lloró más duro. Entonces el indio la trincó a la juerza, tapándole la boca con la mano y la dobló sobre la cama.
—¡Papa, papita!...
Contestaban las ruedas de las carretas noctámbulas, en los baches del lejano camino.


* * *


El lunes llegó Tules. La María se le presentó, gimiendo... El sobador no estaba.
—¿Tizo la peración, vos?
—Sí, papa...
—¿Te dolió, vos?
—Sí, papa...
—Pero yo no veo que se te rebaje...
—Dice que se me vir bajando poco a poco...
Cuando el sobador llegó, Tules le preguntó cómo iba la cosa.
—Pues, va bien —le dijo—, sólo quiay que esperarse unos meses. Tiene quírsele bajando poco a poco.
El sobador, viendo que Tules se la llevaba, le dijo que por qué no la dejaba otro tiempito, para más seguridá; pero Tules no quiso, porque la peche le hacía falta en el rancho.
Mientras el papa esperaba en la tranquera del camino, el sobador le dio la última sobada a la niña.
Seis meses después, una cosa rara se fue manifestando en la peche María.
La joroba se le estaba bajando a la barriga. Le fue creciendo día a día de un modo escandaloso, pero parecía como si la de la espalda no bajara gran cosa.
—¡Hombre! —dijo un día Tules—, esta babosa tá embarazada.
—¡Gran poder de Dios! —dijo la nana.
—¿Cómo jue la peración que tizo el sobador, vos?
Ella explicó gráficamente.
—¡Aijuesesentamil! —rugió Tules— ¡Mianimo ir a volarle la cabeza!
Pero pasaba el tiempo de ley, y la peche no se desocupaba.
La partera, que había llegado para el caso, uservó que la niña se ponía más amarilla, tan amariya, que se taba poniendo verde. Entonces diag­nosticó de nuevo.
—Esta lo que tiene es fiebre pútrida, manchada con aigre de corredor.
—¿Eee?...
—Mesmamente; hay que darle una güeña fregada, con tusas empapa­das en aceiteloroco, y untadas con kakevaca.
Así lo hicieron. Todo un día pasó apagándose; gemía. Tenían que estarla voltiando de un lado a otro. No podía estar boca arriba, por la peta­ca; ni boca abajo, por la barriga.
En la noche se murió.
Amaneció tendida de lado, en la cama que habían jalado al centro del rancho. Estaba entre cuatro candelas. Las comadres decían:
—Pobre; tan güena quera; ¡ni se sentía la indizuela, de mansita!
—¡Una santa! Si hasta, mirá, es meramente una cruz!
Más que cruz, bacía una equis, con la línea de su cuerpo y la de las petacas.
Le pusieron una coronita de siemprevivas. Estaba como en un sueño profundo; y es que ella siempre estuvo un grado abajo de los suyos: cuan­do todos estaban riendo, ella sonreía; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos estaban serios, ella lloraba; y ahora, que ellos estaban llorando, ella no tuvo más remedio que estar muerta.


La Ziguanaba


Pedro estaba metido dos veces en la noche; una, porque era noctám­bulo, y otra, porque era pescador. La noche prieta se había hundido en la poza, y Pedro, metido en el agua hasta la cintura, arronjaba la atarraya. Cuando la malla caiba, los plomos chiflaban al hundirse. Una luz de escurana, luz acerosa y helada fingía pescados. Hacía frío. Pedro iba recogiendo, recogiendo. Algún chiribisco aparecía primero, negrito y puyudo. Pedro se estaba desenredándolo. Su paciencia rimaba con el callar. Las hojas, trabadas, mentían pepescas. Cerca de los plomos venía la plata vivita y coleando. Un pocuyo enhebraba su "¡caballero, caballe­ro!" detrás de la palazón tupida de los huiscoyoles.
Pedro llamó al ayudante. Era el cipote de Natividá.
—¡Oyó... tréme la bolsa!
El cipote se metió al río; y, empujando el agua con las rodillas, llegó hasta el pescador y le alargó la matata.
—¿Cayen, O?
—¡Sí, O!..., chimbolos y juilines, nomás.
—¡Ya quizá va maneciendo, O!...
Pedro metió la mano llena de luz en la cebadera, mientras miraba las estrellas, con la boca abierta.
—Ya mero son las cuatro, vos.
—¡Tá haciendo friyo, O!...
—Es que está golpiada lagua...
—¡Sentí que me soplaban la nuca!...
—¿Eee?...
—¡Horita!...
—¡Yastás vos con miedo!...
—¡Me da miedo la Zigua...
—¡Qué cobija sos, oyó! ¿Quién siasusta por babosadas?
El cipote temblaba, un poco de frío, un poco de miedo.
—Monos, oyó; miacaban de soplar otra vuelta. ¡Monos, te digo!
Se puso a gemir. Pedro desenredó, con el último pescado, un poco de alarma.
—¡No siás cobija, vos; ya no te güelvo a trer!...
En aquella noche casi oscura, constelada arriba cobardemente, cons­telada abajo por las escamas de los peces y por el silencioso telar de luz de las luciérnagas, un ruido extraño, estridente como la carcajada de una vieja, puso toques eléctricos de pavor en los nervios de los pescadores. Después, todo quedó mudo. El cipote se había agarrado, temblando, de los brazos de Pedro.
—¡Agüén, qué fuéso?.. . ¡Amonós, vos!
El muchacho lloraba. Pedro se echó la atarraya al hombro; cogió el sombrero que había dejado en la arena, y llevando casi a rastras al cipo­te, emprendió carrera, vereda arriba. Al llegar al camino de los llanos, un bostezo azul del día los paró. Clareaba.
—¡Achís, O, ya maneció!...
El miedo se había deshecho, dulzoso, como un terrón de azúcar en un guacal de agua fresca. Suspiraron.
—¿Y vos crés en la Zigua, O?
—Yo no, ¿y vos?
—¡Yo no creyó! Si querés, vamos a ver qué jue eso.
—Andá vos, aquí tespero.
El cipote se sentó en una piedra y se puso a chiflarle un son al manecer. Pedro bajó valientemente al río. Aún quedaban tasajos de noche en los barrancos. Caminó río abajo. Sobre unos peñascos, descubrió un chilamate que tenía una rama desgajada. Era una rama gruesa. El blanco corazón del palo, había quedado al descubierto y vomitaba hormigas.
Cuando el muchacho le vio llegar, sonriente, le preguntó:
—¿Qué jue, O?
—¡Es un palo que siá reído, O!...


Virgen de Ludres


En el suave momento en que la tarde se bía puesto a sonrír, la virgen blanca que estaba en un hueco de la peña, se puso amariya, amariya de una luzazón dorada, que cáiba del cielo, sin que se viera de qué sol. Pringaba. Las hojas de los quequeshques tabón llorando, tal vez defriyo, tal vez de tristes, por el temporal que no amenguaba. El farolito colorado quiantes no se veiya, siba haciendo flor en la escurana: flor tinta como la jila, como la pascua, como la flor de fuego.
La Candelaria siarrimó a la baranda de la gruta. Se bía tapado la cabe­za con el chal desteñido; tenía apretado entre las manos el pañal que le servía de pañuelo; como en los quequeshques por su cara barriosa se des­lizaban lágrimas. Ispió, tímida, pa todos lados; se hincó... Naide pasaba... Miró para arriba, hasta la virgen, mientras mordía la punta del chal.
—Virgen de Ludres —murmuró— hacéme la mercé que te pido; vos bien tas al tanto e la pobreza diúno; ha caido el otro con un dolor, el mesmo del muerto; alentálo, madre, por el amor de Dios.
Se creyó obligada a permanecer de rodillas todavía un gran rato. Seguía pringando. Ya la luz dorada, aquella luz de lejana quemasón, se bía extinguido. La virgen blanca, que tenía las manos juntas, bía queda­do en el hoyo oscuro, como una luna enferma. El farol de vidrio echaba sangre sobre las peñas.
La Candelaria se persinó despacito; dulce y humilde, se alejó, pegadita al cerco, por el camino oscuro. Ya no lloraba y apresuraba cada vez más el paso, para llegar al pueblo. Sombras con zapatos pasaban presu­rosas a su lado, haciéndola estremecerse de temor por un desmando de los hombres. A la entrada del pueblo, frente a la puerta en luz de la primera casa, se detuvo.
—Noches le dé Dios, ña Tona...
—Noches te dé Dios, Cande. ¡Avemariapurísima, hastoy venís?
—Sí pué; es que se me ojreció pasar a la gruta, pa pedirle a la virgen, porque ¡emagínese que se mestán muriendo los cuchitos!...


Serrín de cedro


Aquella julunera de montaña, como la montaña denantes: tupida, oscura, llena de lianas y casi sin monte, parecía un gran caserón con pila­res: la iglesia de la sombra. La montaña era como cosa de en los sueños: una gran callazón, y ruidos que caiban por ratos; como el chillido de los micos, la risa de los characuacos, el traquido de alguna rama mal aceita­da, o la jerigonza de las loras. Se vivía como en un bajodiagua, donde sobrenadaran pájaros. En aquel silencio que oprimía el corazón, casi se nadaba. De cuando en cuando se oiba el ¡pum!... de alguna fruta, que sonaba como almágana en la tierra prieta y húmeda del suelo. El sol, doradito, se despenicaba por todos lados, como jlor de guachipilín. Los chejes llamaban a puertas y ventanas de casitas que nadie abría nunca: "tak, tak,"...
En un descampado estaba la casa de Macario, el aserrador. Era una mediagua de teja, sin paredes, solita y aflegida en el corazón del Chunqueque.
En aquel tuco de cielo el sol metía un hombro. El platanar se apoya­ba desnudo al haz del tejado; sus carnes eran carnes tiernas de niño, com­paradas con las roñosas y aceradas musculaturas de los voladores, los cedros, los conacastes y los zorras que lo rodeaban.
Detrás de la casa de Macario estaba el foso del aserradero, colorado de serrín seco y oloroso. Sobre dos gruesas vigas colocaban las trozas dijuntas para tabliarlas con la sierra roncadora: "¡Jrum... Jrum... Jrum...!". En cada aliento se llevaba una cuarta. Como polvo de ladrillo el serrín volaba, manchando de rojo la tierra oscura. Macario y el compa Cirilo sudaban tieso. Desnudos hasta el umbligo, se abrían y se cerraban, bre­gando por rajar de largo los enormes troncos. Macario, que estaba en el hoyo siempre, por más joven y más fuerte, aguantaba la calor del juraco y la polvazón de la madera. Con carreta llevaban a Lempa la tabla en vera­no, cuando el fangal mermaba tantito; y todo el ivierno lo pasaban ence­rrados en la montaña, cortando a ronquidos la troza enorme del silencio.


* * *


Pero, un día, Macario no regresó del Lempa. Vendió su carga y sejue dejando en la montaña a la Tina y al cipote, al compa y a su hermana. Se jue con la Cholita, una brusquita de trece años. Llevaba pisto en puerca y la llevó al Salvador, onde decían quera alegre con ganas y galán de vivir.
Allí se lió a puñaladas con un chofer; y fue a parar a la península, con tres años encima.


* * *


En el tranquil de la celda, en el friyo de la madrugada, soñaba a veces con su casa en la montaña; oiba clarito el "¡Jrum... Jrum... Jrum...!" de la sierra; el grito de las loras; el crujido de las ramas y el "tak, tak," de los chejes llamando a la puerta de una casita, cerradita y llena de amor como su corazón arrepentido. Sentía mesmamente el olor del aserrín de cedro: un olor que le hacía llorar por la Tina y el cipote.
Cuando despertaba y se veiya en la escurana de la cárcel, continuaba llorando y se arrodillaba para pedir al Señor su libertad. Dos años le fal­taban, ¡dos años!... Cada vez que pasaba por la carpintería del plantel, se robaba una puñada de serrín de cedro: y por la noche se estaba en su celda oliendo, oliendo...
Se jue apagando corno candil reseco. La melarchía lo postró muy pronto. Se quejaba, se quejaba y no podía dormir. El enfermero le puso morgina; y él soñó clarito, clarito, que llegaba a su casa y que Cirilo y su mujer cortaban con la sierra un tronco prieto, quera él mismo. No le dolía, sólo lihacía cosquillas. De su cuerpo caiba un aserrín colorado, colorado, más que el del cedro; y vio que la Tina pepenaba una puñada y lo olía y decía: "Jiede... núes palo duro, no aguanta, jiede... Güeliera, si juera de palo valiente. Tiene shashaco el corazón!"...
Y Macario amaneció dijunto.


El viento


La palazón se bañaba, alegre y desnuda, en el viento. El sol era more­no, en la mañana azul. La basura iba y venía, arrastrada por la mecida del aire. Hojas que rodaban como caracoles, polvo como espuma sucia en aquella marea.
Los charcos, en medio del camino barrioso y barrido, se secaban dejando prieta la tierra, y blandita como para meter el pie. Un ruidal de ramadas llenaba la costa entera, dende aquí quera verdeante hasta allá lejoslejos quera azul.
También las yeguas sintieron dentrar el viento en su alegrón y se echaron a correr por el llano. A la par de las yeguas de viento, iban las yeguas de sangre, atropellándose unas con otras, soplando las narices valientes, la crin al cielo y el casco al suelo: ¡patacán, patacán, patacán! Dejaban jumazón en la fueya, como si quemaran su libertá. Paraban su desboco, cuando ya no sentían el suelo, por miedo al vuelo desconocido. El heroísmo es un exceso de vida que puede a veces producir la muerte.
A ratos, el norte ponía mujeres de polvo, bailando vertiginosas por las veredas; bailando en puntas y cogiendo al paso mantos de nube, para enrollarse girámbulas.
Venía el chuchito perdido, arrastrando una larga pita por el camino. Era negro, lagartijo, encogido y despavorido. Echaba las orejas hacia atrás, la cola entre las patas; un vivo amarillo de espanto le rodeaba los ojos polvosos. En aquella anchísima soledad, ensordecida por el viento, era como un dolor extraviado. La fuerza del oleaje le hacía tambalearse. Se paraba y ponía vanos empeños por amarrar el cabo del olfato. Volvía tímido la cabeza, para mirar cuán solo estaba. Entonces su grito lastime­ro hacía un rasguño en el viento. Volvía atrás con igual premura, miran­do al andar hacia el cielo, como si nadara. La pita suelta lo seguía dócil, marcando un surco en el polvo por un instante. Era como un amor náu­frago. Buscaba al amo, perdido en el ventarrón. A lo lejos, como un punto negro en la explanada, iba nadando hacia lo incierto. Aquella cosa tan mísera, bajo el furor del cielo, era un dolor grandioso.


* * *


Entre madejas de polvo y cáscaras doradas, apoyado al tanteyo en el palo y al tanteyo la mano en el cielo, el viejo ciego topó a una alambrada y llamó ya sin esperanza:
—¡Mirto, Mirto!...


La estrellemar


Genaro Prieto y Luciano Garciya estaban sentados en un troncón tris­te cadávere de árbol, medio aterrado en la playa, blanco en lo gris de la arena, y con ramas que eran brazos como de hombres que se meten cami­sas. Empezaba el sol del estero a dorar las puntas de los manglares. Era parada diagua; por eso, en golfo de azul tranquilo, el estero taba como dormido, rodeado de negros manglares, en cuyas cumbres el sol ponía a secar sus trapos dioro.
Laisla, en medio, bía fondiado con sus peñascales nevados de palo­mas morenas; y era mesmamente la cabeza de un gigante bañándose y quitándose el jabón. Empujando, ya sin juerzas, la inmensidá, pasó una garza: blanca, blanca, como luna bajera: triste, triste, como ricuerdo, y silencia como nube. El viento se sienta y se despereza desnudo; y el agua da un tastazo en la orilla llegando, como quien escribe, a mojar el pie achatado de Genaro. Al mismo tiempo una malla de plata ondea, lumino­sa y veloz, sobre la linfa del estero.
—¡Mire qué flus de chimbera, mano!...
—Ya la vide, vos, siés la mera cosecha.
Volvió a relampaguear la plata de aquella mancha de chimberas, poniendo en el agua teclados de luz.
—¡Qué cachimbazo, mano! Vaya a trerse la tarraya.
Luciano se puso en pie, obediente; dejó, de un golpe, clavado, el machete en una rama y se alejó, pintando arena, hacia el manglar. En un descampado estaba el rancho de palma. De una ramada de varas de tarro, extendida sobre el cielo como una telaraña, pendía, oriándose, la tarraya, con su chimbolero de plomos cayendo a modo de rosario.


* * *


Con el agua hasta el encaje, Genaro, abiertos los brazos y mordida loria del vuelo, iba al vadeyo, al vadeyo, presto el ojo y el óido atento. Luciano le seguía de cerca, con la cebadera de pitematate.
—Sian juído estas babosas. Ya mey rendido de la brazada, con esta plomazón.
—Démela, mano; cambeye, a ver si yo tengo mejor dicha.
—¡Apartate, baboso, apartate!
En el propio instante en que el sol asomaba su fogazón sobre el man­glar de laisla, la culebra de brillo de la chimbera cruzó entre dos aguas, curveante y repentina. La malla, veloz, se abrió en el aire a modo de flor volante y traslúcida, graciosa y trágica, voraz y anfibia y, haciendo chi­flar los plomos, se hundió en la linfa con la seguridad del felino que cae sobre la presa. Todo quedó en suspenso. Había ojos en cada onda espe­rando, esperando, mientras se recogía la tarraya. En la punta venía la col­mena de espejuelos de la chimbera. Era como un sol de plata, brillando al sol de oro; bolsa de azogue, corazón de estero. Las chimberas caiban en la matata, como gotas de acero derretido, chisporroteantes y enredadizas.
De pronto, Genaro se quedó en suspenso. Entre las últimas chimberas venía una estrellemar de seis puntas. La cogió con los dedos y le empezó a dar vueltas.
—¡Una estreyemar de seis puntas, baboso: ya jodí!...
—¿Por qué, vos?
—No tiagás el bruto; ¿no sabés ques un ambuleto? ¿Quel que lo carga no lentra el corvo?
—¡Agüén, entonces lo vamos a partir mitá y mitá, mano!
—¡No seya pendejo, mano!, ¿no ve que yo luei incontrado? Si lo par­timos, ya núes de seis puntas ¿entiende?
—Entonces, juguémola; a los dos nos toca en suerte, dende el momento en que los dos nos hemos metido a pescar juntos.
—¡Coma güevo! Y déjese de babosadas, si no quiere pasar a más...
Discutiendo habían llegado a la playa. Genaro Prieto se había guar­dado la estrella en la bolsa del pantalón. Luciano García, con voz más cal­mada, insistía en que ambos tenían iguales derechos sobre el hallazgo.
—Aquí tengo el chivo, Genaro, juguémola...
—¡No me terqueye!
—Juguémola.
—No la juego, y ¿quiay?
Luciano Garciya, en un momento de ceguera, se arrojó sobre el corvo, que había dejado clavado en la rama haciendo cruz. Genaro echó mano al cuchiyo que llevaba en el cinto, mas no tuvo tiempo de desnudarlo: el corvo del amigo le había cortado de un golpe la vida.
El matador estuvo allí, fijo, mientras duró la transición de la cólera al temor. Luego se echó sobre el cuerpo ensangrentado y, cogiendo el ambuleto, huyó entre los manglares.
En el tranquil de la mañana una garza pasó, empujando, ya sin juerzas, la inmensidá.


La brasa


En la cumbre más cumbre del volcán, allá donde la tierra deja de subir buscando a Dios; allá donde las nubes se detienen a descansar, Pablo Melara había parado su rancho de carbonero. Medio rancho, medio cueva, en una falla del acantilado aquel nido humano se agazapaba. De la puerta para afuera, empezaban las laderas a descolgarse, terribles, preci­pitadas; en deslizones bruscos; abismándose, rodando, agarrándose aflegidas. Los pinos, enormes, eran nubes obscuras entre las nubes; humazos negros entre la niebla. Mecían al viento, lentamente, sus enormes cabe­zas, como si oyeran una música dulce, salida de lo gris y de lo frío. Las ramas chiflaban tristemente, llevando en ritmos nasales una melodía de inmensidad. Era la cumbre una isla en el cielo; y el cielo, un mar de vien­to. En las noches tranquilas, como por alta mar, pasaba silenciosa la barca de la luna nueva. A veces el horizonte fosforecía.
El carbonero iba apilando los leños, en pantes enormes. De cruz en cruz, formaba una torre; como un faro que, en las noches largas, llenas de ausencia, ardía, ardía rojo y palpitante, señalando el rumbo a los barcos de silencio con sus grandes velámenes de sombra.
Solo y negro en la altura, el carbonero iba viviendo como en un sueño. Tenía un perro mudo y una gran tristeza. Acurrucado y friolento, encendido siempre el puro y el corazón, se estaba allí mirando el abismo, sin remedio.
Como a los pantes de leña oscura, la brasa del corazón le iba devo­rando las entrañas; y aquel resplandor de misterio se le iba subiendo a la concencia.
Una noche, qflegido, lió sus trapos y se marchó pá nunca...
—¡Puerca, mano, méi juido dialtiro e la cumbre! Miatracaba un pen­sar y un pensar...


El padre


La iglesia del pueblo era pesada, musgosa y muda como una tumba. Detrás estaba el convento, encerrado entre tapiales, con su gran arboleda sombría; con su corredor de ladrillo colorado; de tejado bajero, sostenido por un pilar, otro pilar, otro pilar...; pilares sin esquinas, embasados en pie­dra tallada y pintados de un antiguo color.
El patio era de un barro blanco y barrido, propicio a las hojas secas. Las sombras y las luces de las hojas ponían agüita en el suelo; en aquel suelo pelón lleno de paz, por el cual pasaban, gritonas, las gallinas gui­neas.
Largo era el corredor: la mesa, el kinké, una silla, un sofá, un barril, una destiladera, un viejo camarín, unos postes durmiendo; otra silla, la hamaca, el cuadro bíblico; un cajón; un burro con una montura; un freno colgado de un clavo y al final, ya para salir a las gradas, unos manojos de pasto verde, el picadero y la cutacha. Después empezaba la alfombra del sol hasta la cocina; y allá, contra la tapia, como una casita de juguete, con su chimenea de lata azul, el excusado.
El padre se paseaba en la tarde. Era la hora en que la paz le traía el cielo; el cielo de agradables matices, que llegaba a sentarse en la montaña lejana, pensativo como un hombre; pensativo hasta quedarse dormido, soñando en las estrellas, cada vez más profundamente.
El sacristán tocaba el ángelus para que todo se callara. Y todo se callaba.
La Coronada llegaba entonces penosamente, con su riuma y sus pla­tos, a ponerle la mesa. Se sentaba el padre, siempre mirando el cielo, con su cara igual de triste. Con un pespuntar de máquina de coser, sus labios hilvanaban una larga oración de gratitud. Humillaba los párpados y se persignaba. Luego, cogía calmosamente la cuchara y empezaba a probar la sopa. Estaba caliente. La Coro encendía el kinké. Las gallinas empeza­ban a volar de rama en rama, con torpes aleteos. A lo lejos se oía pasar el tren por el puente de hierro, como una amenaza de tormenta.


* * *


La Chana era una cipota chulísima. Había crecido de diadentro, al servicio del cura. Hacía mandados, lavaba los trastos, les daba de comer a las gallinas y se comía lazúcar. Cuando el padre estaba bravo, como no tenía en quien descargar, regañaba a la Chana. La Chana no se quedaba chiquita y le contestaba cuatro carambadas.
—¡Agüén, usté! ¡Asaber qué lián confesado las biatas y descarga en yo!...
El padre, en vez de enojarse, la estrechaba contra su pecho y le daba un beso en la frente. Se estaba viendo en ella, como decía la Coro.
En un dos por tres se había hecho mujer. De la mañana a la tarde echó rollo, se cantonió y le brillaron los ojos. Ya se trababa una flor en el delantal, con un gancho, muy alto, muy alto, para podérsela oler ponien­do cara interesante. Seguido se cachaba logas; por el tacón muy encum­brado, por unos papeles colorados para untarse los labios, por andar sus­pirando muy duro. El cura la miraba de lejos. La miraba pasar, disimula­damente, y alejarse. Se cogía el mentón azul y su cara de cuarentero se ponía grave. Temblaba por ella. Hubiera querido podarla un poco. Se paseaba, se paseaba por el largo corredor, campaneando la lustrosa sota­na vieja, como si en ella se hamaqueara su inquietud. Apretaba, sin que­rer, el crucifijo de plata que llevaba siempre colgado del cuello. Si hubie­ra sido de cera, lo habría convertido pronto en una hostia. Allá a lo lejos, la risa de la Chana sonaba como una campanilla mundana. Cuando pasa­ba a su lado, apagaba los olores del incienso con un fuerte aroma de jabón diolor. Por el corredor silencioso, sus tacones pasaban, clavando la tranquilidad.


* * *


La niña Queta y la niña Menches, la una fea de tan vieja, y la otra vieja de tan fea, entraron apuradas en busca del padre para un asunto urgente. La puerta estaba entreabierta y empujaron. Y fue como si hubie­ran empujado su alma en un abismo. El padre estaba todo él sentado en un sillón y la Chana estaba toda ella sentada en el padre. Su cachete rosado se posaba dulcemente en el cachete azul del cura, como una madrugada sutil se posa sobre áspera montaña.
—¡Virgen pura!...


* * *


El obispo, de pie ante él, se enjabonaba las manos en su duda y en su rango. Pujó.
Dos lágrimas corrían por las mejillas marchitas del padre. Repitió su excusa:
—Un afán, un vago deseo de ser padre. Es como mi hija.
Su voz era oscura.
—Los niños despertaron siempre en mi alma una dulce inquietud...
—¡Hm!...
Apretó el obispo sus labios temibles y lanzó al cura su más irónica mirada. Pero ante él se irguió austero, nobilísimo y puro, el rostro del acu­sado, encendido en radiante sinceridad; irresistible en su sencillez: tal si el mismo Dios mirara por sus ojos húmedos, abatiendo al instante la aus­teridad, la insolencia y el rango.


La repunta


—Mama, mama, el poyo me quitó la tortiya e la mano!...
—¡Istúpida!
La istúpida tenía siete años. Era gordita y ñatía; su cara amarilla moqueaba y su boca despintada, siempre abrida y triste, mostraba dos dientes anchos e inexpresivos. Lamiéndole la frente le bajaba el montarrascal del pelo, canche y marchito. Vestía mugre larga y vueluda, torna­solada de manteca. Se llamaba Santíos.
La nana recogió del suelo un olote y se lo tiró al poyo, con todas sus juerzas de molendera.
—¡Poyo baboso!... ¡Encaramáte al baúl, jepuerca! ¡Si tiartan la torti­ya, no te doy más!
La Santíos se encaramó en el baúl. Venía lloviendo tieso por los potreros. El cerro pelón, parado en medio de los llanos, gordo y cobarde, no halló dónde meterse y se quedó. Llovió sin pringar, de golpe, a torren­tes; con un viento encontrado, que corría atropelladamente en todos los rumbos, como si llevara un tigre agarrado a la espalda.
El hojarasquín mísero, de paredes de palma, se tambaleaba chiflante, desplumado, entregado a la voluntá de Dios.
—¡Istúpida, tapa ligero el hoyo con el costal!
La Santíos puso el pedazo de tortiya en el saliente del horcón y jue a zocoliarle el costal al juraco. La piel del cielo tembló ligeramente de terror, y el rayo, con un alarido salvaje, le estampó su jierro caliente que tenía la forma de un palo seco. Un berrido de dolor llenó los ámbitos oscuros. La istúpida no tapaba bien el hoyo, y la nana la arronjó del pelo y lo tapó.
—¡Quita, endezuela emierda, bís nacido para muerta!
La Santíos se jue a sentar en la cuca y se quedó mirando, con los ojos y con la boca, por la puerta. El viento bía menguado, aplastado por lagua. En el patio, y al ras de la corriente, iban saltando pa la calle un montonal de inanitos de huishie, a toda virazón, unos detrás diotros. De los alam­bres del cerco cáiban, desguindándose, unos miquitos platiados. La Santíos se despabiló con la escupida de una gotera.
—Mama, aquiés onde chingasteya lagua, mire...
Iba, gota a gota, llenando su manita acucharada; cuando le rebalsó, diun manotazo se la metió en la boca.
—¡Istúpida, bien bís óido que tenés catarro! ¿No sabés que lagua yovisa es mala? Te puede quer al pecho, animala...
Pasado el aguacero, la Santos salió para el río con la tinaja.
—Güelva luego, carajada, si no quiere que la tundeye como ayer.
La Santos voltio a ver y siguió su camino. Iba, humilde y shuca en la frescura dorada de la tarde, dejando pintada en el barro la flor de su pati­ta. El río venía hediondo y colorado y su ruidal llenaba la barranca, haciéndola más oscura. Humilde y shuca, bajó de piedra en piedra, suje­tando con mano temblorosa la tinaja, sobre la cabeza canche.
Llegó al ojo diagua encuevado, límpido y lloviznoso, y con el guacalito fue llenando, llenando la tinaja, de aquel amor.
Un trueno lejano venía arrastrando la noche por la barranca. Era como el rugido de una montaña herida de muerte. Desde una altura, un indio de manta agitaba los brazos, gritando desesperado:
—¡Istúpida, babosa, la repunta, ái viene la repunta! ¡Corra, istúpida, corra!
La niña, sin oír, seguía llenando tranquila la tinaja.
En el momento en que la repunta voltió en el recodo del río, espumo­sa y furibunda, arrasando a su paso los troncos y las piedras, la altísima muralla que estaba a espaldas de la niña, en la margen opuesta, altísima y solemne como un ángel de barro, abrió sus alas y se arrojó al paso.
Su derrumbe, acallando todos los ecos borrachos, había sonado a un NO profundo y rotundo. La repunta se detuvo. Y no fue sino cuando la Santíos había entrado ya en el patio de su rancho, pintando en el barro la flor de su patita, que el río abrió de un puñetazo su paso hacia la noche.


El circo


Se azuló la noche. En medio del solar oscuro, el circo era como una luna desinflada. Parecía la chiche de la noche, onde mama luz el cielo. Un chilguete manchaba de norte a sur el espacio y las gotitas zarpiaban el horizonte hasta la oriya del mundo.
Mito y Lencho, los dos hermanitos, miraban asombrados, por un juraco, cómo aquel siñor que le decían Irineyo Molina, se bía hecho payaso en un dos por tres. Taba sentado en un cajón, jumándose un puro, y con cara enojosa de hombre. Por el hoyito se véiya bien que le daba la luz de un carburo en la cara chelosa de harina. Abajo, junto a la goliya plisada, asomaba el cuello prieto de su propio cuero. Más allá, el negro Jackson sembraba una estaca, con una almágana. A cada golpe de juelgo, la esta­ca se hundía un jeme. Recostado en unos lazos templados como cuerdas de violín, estaba un volatín.
—Apartáte, baboso.
—Peráte, quiero ver.
—Te vuá zampar una ganchada, Chajazo.
—¡Achís!, sólo vos querés mirar...
—A yo no mián dejado...
—¡Baboso, baboso, ayí entró una piernuda vestidedorado. Sestá com­poniendo la atadera.
La cipotada ondeó, como un tumbo de carne; reventó en empujones y se vació sobre la carpa, derrumbando al lado diadentro un rimero de sillas. Se oyeron voces de hombre, furibundas, y pasos amenazadores. La cipotada se dispersó a la carrera, haciendo sonar con sus talones la panza de tambor del descampado. Se confundió entre el guevazo e gente silbando y riendo. Un sapurruco en camiseta, con unos grandes gatos que parecían de madera, salió encachimbado por debajo de la lona, con un acial en la mano. Llegó hasta el andén, mirando de riojo; escupió un salivazo con tabaco, y se metió otragüelta por debajo. Dos o tres chiflidos le condecoraron el fundiyo. El humo de los candiles y de los puestos de pupuseras ponía llanto en los ojos de aquella alegría. La manteca, ricién echada en las sartenas de las pasteleras, se oiba escandalosa, como cuando meya el tren. Las garrafas, en los mostradores de los chi­namos, parecían jícamas de vidrio, que se bieran convertido en cocos. El guaro clarito temblaba adentro y dejaba descurrir su tujito embolón.
Las gentes iban entrando, guasonas, al circo. Daban su tiquete y levantaban la cortinenca de añididos, onde había unas letras que naide entendía, porque naide leyiya en el pueblo.
Una bandita descosida empezó a sonarse, allí dentro, debajo diaquel gran pañuelo. La buyanga sizo mayor, y las gentes empezaron a codear­se por entrar a coger puesto.
Por tercera vez sonó la campanilla; aquella campanilla que daba güeltegatos de plata en la aljombra de la ansiedad. Un silencio profundo se agachaba, cargado de corazones, como una rama de mango. De una pata­da se abrió el telón de los secretos; una pelota de colores vino rodando hasta el centro del picadero, y, con un grito de sollozo burlón, el payaso se irguió amelcochado, bonete en mano, con algo de piñata y algo de barrilete. De golpe se descolgó, en el redondel, la cortina de tablitas del aplauso.
Vestidos a medias y de medias, los volatines y volatinas, en escua­drón, avanzaron marciales, con los brazos cruzados sobre el pecho y son­riendo con sonrisa postiza. Detrás, en dos caballencos ahumados como los del carrusel, que llevaban colas de gallo en la frente, venían las masonas, vestidas de espumesapo y sentadas, con una nalga, en el mero chunchucuyo de los caballos. Cerrando chorizo, iba un chele vestido dentierro, con un chiliyo bien largo; y un viejo bigotudo, jalándole las narices a un pobre oso medio bolo. Más detrás iban los guachis, con cotones de colo­res llenos de chacaleles. La música sonaba, toda ella, chueca y destem­plada, como mocuechumpe.


* * *


En aquel pueblo de niños, sólo los cipotes se bían quedado ajuera. Ispiaban por onde podían, subiéndose algunos hasta las puntas de los cer­canos jocotes, contentándose con ver el bailoteo de uno quiotro trapo de color, o el relámpago misterioso de las lentejuelas en las mecidas de los trapecios.
Los niños ajuera, los grandes adentro... El circo era como la felicidá, que se la cogen aquellos que menos la quieren. Los cipotes se conjormaban viendo la alegriya luminosa, por un hoyito, entre tablas y piernas oscuras. Mito y Lencho, los dos hermanitos, se bían retirado dionde bían miradores, porque les taban rompiendo toda la camisa. Sin embargo, cada granizada de aplausos los empujaba de nuevo a la carpa. De chiripa se hallaron un juraquito bajero, que los otros no bían incontrado. Con el dedito inano lo jueron haciendo más grande, y miraban por turnos.
Cuando más extasiados estaban, mirando, mitá y mitá que la piernuda caminaba sobre el alambre como sobre el viento, un guachi, con una tablita, los cogió de culumbrón, soñadores e indefensos. Les dio con todas sus juerzas, el bandido jalacolochones; y ellos, dando alaridos, salieron corriendo y sobándose la nalga, ardida como con plancha caliente. Fueron a contarle a la mama; y la mama cogiéndolos debajo de sus alas desplu­madas, maldijo al miserable:
—¡Disgraciado, quiá de pagarlas un diya en los injiermos!
Lencho rumió, en su corazón de niño perdonero, aquella frase; y, tras un rato de silencio, preguntó:
—Mama, ¿yen el injierno habrán hoyitos para mirar lo que andan haciendo en el cielo?...


La respuesta


No llovía. En el cantón, desde las dos de la tarde, se oyó el saltito de duende del tambor, llamando a los de la rogación: "tom, tom, tom; tototom, tom, tom; tototom, tom, tom...".
El calor estaba estacado en el llano, como un cuero de res. "Tom, tom, tom, tototom, tom, tom...".
Todo se doraba; todo se caía; todo se tostaba. En un remiendo de talpetate, la culebra dormía enroscada y era como el yagual del pesado cán­taro de la sed. Ligeros cirros medían el cielo. Las leguas huían hacia las montañas del contorno, lejanas y azules, sentadas y pensativas como dio­ses.
El viento yacía muerto en el polvo. Arrodillados de sed, los jiotes de bronce y los jocotes, elevaban sus nervudos brazos implorantes. Las pie­dras sacaban sus cabezas del suelo, para respirar. Rápidos pasaban los rie­les del tren, huyendo de aquel infierno; abrían los llanos en línea recta, apartando los pajonales calcinados, en busca de los azules frescos de lon­tananza. El sol abría un gran boquete en el azul, por donde caía a torren­tes la gloria de Dios.


* * *


A las tres salió la rogación, por el camino de "El Pedregal". Era una chusma de colores, que cantaba salmos tristes y llorones. Delante, en unas andas, San Isidro, envuelto en manto de antiguos verdes, iba mirando con sus ojos dulces, resignados, cuán chico parecía al lado de sus devotos. Era un inanito de palo, de a vara, con flores de trapo en la mano, un clavo en la coronilla y la nariz manchada de kakemosca.
"Tom, tom, tom, tototom, tom, tom...".
Despertados los pájaros, cruzaban los claros del cielo. Los chuchos tísicos salían de los ranchos, a regañar a los rogantes.
Iba la rogación por la calle rial. Cruzó la palanquera del conacaste y siguió a la orilla del cerco, rondando el potrero enorme. Todos llevaban los ojos y las narices fijas en el cíelo, como si husmearan la lluvia de ben­dición.
Fueron alejándose, por los sembrados; cruzaron la quebrada seca y continuaron por el piñal. A lo lejos, la rogación se deslizaba como una cromática cola de barrilete, que se hubiera hecho culebra.
"Tom, tom, tom; tototom, tom, tom...".


* * *


Allá por las cuatro y media, el día traquió y se paró en seco. Como si le hubieran aplicado un fósforo, el cielo tilinte se quemó. La llama se corrió hasta el suelo y allí brotó la jumazón. Fue una nube prieta y veloz, que invadió el mundo como una noche extraviada. Venía huyendo, llena de terror, bramando y trompezándose en los cerros. Pasó, con un remoli­no de viento que enloquecía las palazones, amarradas sin remedio a la tie­rra, sin esperanza de huida. Los techos de las casas, asustados, abrieron sus alas y se volaron. El polvo, sediento, subió a beber agua por el cami­no de caracol. Con paletas invisibles, batían la sopa de hojas en la olla del mundo. La tormenta, borracha, primero lloró; después babeó y, por últi­mo, vomitó su negrura. Eran torrentes incontenibles que brotaban de todas partes, arrasándolo todo. Las ramas se quebraban y huían de sus madres, y las madres se retorcían gimiendo y alargando los brazos impo­tentes.
Fue un verdadero desastre. Cuando amaneció, en calma los cielos ver­des, dos viejos indios, desgreñados y transidos, estaban sobre un árbol caído y miraban con resignación las barbaries del cielo.
—Señor Goyo: siel santo llega a ser del alto diusté, nostaríamos con­tando el cuento.
—¡Pa que veya; demasiado milagrero el hijuepuerca!...


La chichera


La barranca del Berrido era sumida hasteldiablo, y pasaba todo el día de tarde. Amanecía tapada con nubes; allá por las diez, se despejaba dialtiro y se véiyan clarito los morados del guarumal, y el verde prieto de los sunzas, jabillos y manuelión; y por allá, ispiones, uno quiotro mulato o guachipilín en flor. Al puro jondo, allá onde se oiba roncar el río, se api­ñaba el güishcoyolar cimarrón, entreverado de ishcanales bravos, eriza­dos de cachos filudos y cundido de hormiga perra.
Aquella palazón en la escurana taba siempre sin viento, quedita, oyendo, como si jugara descondelero con el sol. Agazapada, contenía el juelgo, y al verla parecía como el cadávere de una montaña. Los querques volaban sobre ella, olisquiando el jediondo del río shuco y podridoso.
El sargento Vanegas paró de bajar; y, recostado en el tronco oloroso de un bálsamo, miró pa bajo, buscando entre las ramazones el miedo diun trapo. Nada se movía, ni nada se óiba. Sólo el golpear del río, en la panza de tarro del eco; y el grito deshilachado de algún guauce que llamaba a su pareja.
—¿No sienten ustedes un cierto tujo de piro?
Los soldados aletiaron las narices, y uno de ellos respondió, no muy seguro:
—Endeveritas, mi sargento...
—Nos vamos a descolgar ái parabajo. Me quito una oreja si no halla­mos mamazo. Este juraco tiene todo el talante diuna sacadera gorda, y que vastar chilosa de sacar.
Empezaron a bajar, por los derrumbaderos de tierra deslizosa, negra y olorosa a hoja podrida. Se apoyaban a ratos en la culata del calibre; o se agarraban de las puntas de los guayabos y de los cojones, que crecían en abundancia debajo de aquellos enormes matapalos, apercoyados aquí y allá, en la sombra llena de mosquitos, zancudos y hormigas, y olorosa a telepate.
Al jondo se oyó de pronto un disparo. Fue como si se rajara un conacaste: los ecos hirvieron, y de espumarajo en espumarajo lo levantaron con quebrido de tablitas, hasta que rebalsó y la barranca se chupó de nuevo el silencio.
Los soldados se pararon, ensamblando los tacones para enraizarse. Se quedaron esperando, mientras tiraban el óido al tranquil que siguió, como se avienta una atarraya. El sargento Vanegas los empujó con un gesto.
—Ese jue tiro de escopeta...
—Algún venadiante...
—Andenle con tanteyo, mucha; si tiran, de necesario, que seya al bulto, sin asco.


* * *


Estaban en el fondo de la barranca. Parados en los pedregones azules del cauce, miraban, idos, la correntada olisca que pasaba juerte entre las peñas, dando saltos como si jugara pelota con los gatos. La chorrentera interminable les había tapado las bocas con una mano terca, de ruido. Un remolino, projundo como el umbligo del Diablo, caminaba por lo largo de la poza hasta meterse en las cuevas del paderón, para salir otra vez, como debajo diagua, en el mismo lugar. Con un bramido de perolón, que lleva­ba por dentro gritos de cipote, risas de vieja, serruchos y martillos, trenes, lloridos y uyasón de chuchos, la chorrera caiba dende bien alto, en gra­das de vidrio, hasta lo más encuevado de la poza. Llovía eterno, sobre las grandes hojas de los quequeshques y sobre el talpetatal picado de virue­la, onde cada juraco era un espejito diacuis. Los raizales formaban tra­mazones, debajo de las cuales el agua aleñaba como murciégalo morigundo.
Saltando de piedra en piedra, a guiños de ráiz y trepazón de breñales, los seis soldados llegaron a un desvío cortado a pico, en una escurana jría que desembocaba en el río. Con una seña, el sargento los enzanjó por aquella tragadera del infierno.
Caminaban en blando, sobre arenita fina. Arriba, el cielo mostraba su reventadura de caimito dulzón, en la cual pringaba ya la primera estrella como semilla briyosa. Al recuesto de la escurana, embolando el tetuntal, corría entre el agua llorona un piro que jedía a rojo, como en cluaca de curtiembre. La húmeda y la sombra subían en llamas negras hasta muy alto, lambiendo los muros del cañón y ahumando los charrales en lo alto del precepicio. Apersebido el calibre, los seis de la chichera avanzaban valientes, empujando una cortina de sordera.
Trepaba y trepaba el arenal; y Vanegas, que iba al frente, al descruzar un recodo, mandó hacer alto. Ya casi no se véiya. La última clarencia de la tarde se bía ido diluyendo en la tinta del sombríal espeso; y apenas una moradez de arena quedaba, como cuando queda azúcar al jondo del café. Un bulto cheloso acababa de sumirse en la cantera, como una araña de pañal.
—¡Alistéyense!
Lo dijo bajito y sereno. Se véiya nomás que aquel era su ojicio. En aquel aguarde breve, se oyó, claramente, cómo las seis lenguas de acero de los calibres se tragaban la bala, chasqueando, sin mascarla. Dos jlores de fuego brotaron al cruce de la garganta, rajando con su estrépito el vidrio de la montaña. Los ecos fueron arrimerando las detonaciones con jactancia, como monedas de plata.
A una seña del sargento, todos se echaron de panza, al desperdigo, escogiendo al azar la mampuesta. Fue aquella barranca como una guari­da de rayos en brama, despedazándose unos a otros a mordidas por la hembra, aquella raya oscura trazada firme en la montaña por el puñal de los siglos.


* * *


Saliendo a la orla del embudo de aquella tremenda barranca del Berrido que una hora antes hiciera honor al nombre, cuatro hombres en fila, jadeantes y ensangrentados, pararon al pie de los pinos. Traiban las manos a la espalda y los dedos gordos bien socados con pita. Sosteniendo al último, que apenas caminaba, el sargento Vanegas, calibre en bandole­ra, los pastoriaba delgado y sereno, echado atrás el quepis y un puro entre los dientes.
—Arrepónganse tantito, desgraciados.
Jalando un macho barcino, cargado con ollas y trebejos, asomó un soldado. Amarró y se tiró en la grama a la bartola.
—¡A la gran babosa, mi sargento, es bien jodida esta lagor!...
—Date por suertero, desgraciado... ¿No bis visto cómo quedaron panzarriba tus cheros?
—Dice bien, Vanegas, ya vide que Dios nos quiere...
—O no nos quiere... asigún...
El viento de la noche chiflaba tristemente en los pinares.


El maishtro


Terminada la faena de escuela, don Tacho cerraba el zaguán. Un fres­cor oloroso a tierra de rincón barrido, llenaba el sombrío portalón. Apretaba la tranca; y, ya solo, aislado en la frescura de las cuatro de la tarde —tarde de pueblo encumbrado y neblinoso—, iba por las podade­ras y entraba al jardín.
El jardín estaba en el traspatio. Junto al tapial de la casa vecina, cre­cía la parra de jazmín, anidada toda ella, anidada y dormida en el tapexco de bambú. Dos rosales, una gemela, un matocho de jacintos, unos platanillos pringados; unas chinas, dos naranjitos; un icaco, un borbollón de zacatelimón y uno quiotro montecito, no arrancado por no identificado. En un barril, hundido hasta la mitad en el suelo, estaba el agua llovida para el riego.
Don Tacho sabía bien qué hacer. Iba y venía; se acucharaba; se ponía en puntillas, aterraba o escarbaba según el caso. En la galera aledaña, la mula zonta le miraba trabajar, con un placer rayano en amor. Se sacudía las ancas, flacas y canosas, y se dormía viendo al amo en su tarea.
Don Tacho era bajito, carnudo; dulce, moreno y calvo. Andaba siem­pre en camisa, con la correya angosta bien ceñida bajo el ombligo. Su calva relucía como una berenjena; era una berenjena de treinta colones mensuales, impagables.
Vecina vivía la niña Meches, hija del agente del "Diario". Como el tapial era bajito, ella se subía en unos adobes; y, de codos sobre el pretil, miraba sonriente a don Tacho. Esta vez no tardó.
—¿Cómo van sus jlores?...
—¡Ah, niña Meches..., no dan; no dan, no sé qué pasa!... Quizá el zompopo, o quizá lagua es mala, o la tierra; todo se va en vicio y no flo­rea. Mire ésta, mire aquí: están todos mero chipes...
—Abónelos con kakevaca.
—¡Si los abono! Todo el barrido de la muí¿la se los echo: ya usté ve cómo los cuido todas las tardes y por las mañanas. Tengo mala mano...
—Es que se le va el jluido en los niños.
—¿Cree?...
—El jardín luagarra cansado.
—Miagarra cansado y...
"Y con hambre", iba a decir, mas se detuvo. Miró a la niña Meches con su cara buenota de luna negativa; por sus dientes anchos corrió una miel paternal:
—Usté sí que es chulísima. Pegó bien a la tierra.
—¡Ah, usté!...
Él sacó del trasero su amplio pañuelo amarillo y se lo pasó por el crá­neo, sin dejar de mirarla.
—¡Ay... qué felicidá es verla a usté! ¡Tan fresca, tan joven, tan chula!...
—Si mestá enamorando, me voy.
—No se vaya. Es laura del descanso.
—Siés que usté mestá chuliando. ¿Se va estar en juicio?
Don Tacho se rió de buena gana. Guardó su pañuelo en el trasero, se acercó al tapial y tomó en las suyas la mano pálida, fina, tibia de la joven.
—¿A que le digo la suerte?...
—¡Vaya!...
Del pecho de la camisa sacó las gafas y se las puso; le dio vuelta a la mano, descubriendo la palma sonrosada; cogió aquella hoja de carne por la punta, hizo presión para pandearla y la miró fijo.
—¡Qué mapa del cielo tiene usté aquí! Este es el río de la Virgen...
Le clavó los lentes a un palmo de la cara.
—No me chiste; dígame la suerte.
Volvió a mirar, pasó el índice muy suave y lentamente por la página trémula. Como si hubiera echado raíces, por las piernas le subía de la tie­rra dulce savia, que embriagaba como vino. Llegaba al corazón y hacía marea. Todo el mundo se deshacía alrededor como una nube; sentía que iba a florecer palabras de amor. Ella comprendía y, sin embargo, estaba clavada sin remedio. Ya a punto de hablar, le detuvo el clarín de un gallo. Las cosas se cuajaron en torno. Volvió a sentirse calvo, viejo y pobre. De sus ojos cayó a la palma de la mano una lágrima gruesa.
—¡Queseso!...
Reaccionó bruscamente, tragó saliva; volvió a correr por sus dientes una miel paternal y dijo, señalando con firmeza:
—Eso, eso, hija mía..., es el río del tiempo...


De caza


Al pie del palón quemado, que era como una astilla de noche en medio del llano pelón donde la rastrojera tenía un dorar de kakevaca, los dos tiradores se acurrucaron, agarrados a las escopetas; y allí, sumergidos en el agua grata de aquella sombra de esqueleto, descansaron de matar.
El mediodía caiba de lado, por ser verano. Del cielo blanco bajaba, ondeante, una atarraya de plata caliente. Las montañas, a lo lejos, sedea­ban azul-violeta. Sobre el llano, en el aire, y en sombra sobre el suelo, la zopilotada volteaba: mariposones negros, quemándose la vida en la llama del sol.
El viejo Calistro se entretenía en puyar con un palito la pechuga gris del conejo muerto. El chele Damacio jumaba lentamente el descanso.
—Tá gordo este baboso. Y se riye, el hijuepuerca.
—¡Ajú!... de satisfecho...
—Te lo cambeyo por las cinco palomas.
—¡No joda, compadre!, ¿cinco cartuchos por uno, no?
—Pero hijo, tentá, tentá...
Le hundía los dedos huesudos en la piel suave, que se escurría rugo­sa.
—Tres le doy, compa.
—¡Achís!...
A lo lejos se oyó un disparo. Luego otro. El silencio del mediodía se desgarraba, como una película de coágulo sobre un estanque; poco a poco las desgarraduras iban cerrándose, hasta que la cerrazón de calma reco­braba su pesantez.
—Esos han de ser Mateyo y Julián.
—O Filadelfo, que agarró dése lado.
—Palomas han destar matando, los babosos.
—No creya, compa: en esa montañita hay mucho conejo.
—Náufrago, en el viento perezón, llegó un grito.
—¡Aíjaaa!...
Luego palabras, con las letras borradas.
—¿Qué dice, oyó?
—Es Mateyo.
El chele Damacio dejó la escopeta apoyada en el morral; se puso en pie; hizo una concha con la mano y gritó engallado:
—¡Ooiii!... ¡Mateyóoo!...
Bien distintas llegaron del monte estas palabras:
—¡Aivelvenado!...
El viejo Calistro se puso en pie.
—¿Brán hallado venado esos desgraciados, hombre?
—Lo vienen sabaniando.
Se óiba quebrazón de ramas y choyeo de hojarascas.
—Aprepárese, compa, que viene por aquí.
—¿Nos tarán tirando esos jodidos, vos?
—No creya, pueden ber desescondido algún cabrón désos.
La tronazón de ramas venía cerquita, por la ceja del monte. El viejo Calistro corrió a todo correr, haciendo sonar los cartuchos de la bolsa. El chele liba a la zaga.
Un último grito, cercano, se oyó:
—¡Ai va, O!...
Bruscamente, con irrumpe de ventarrón, volante como sombra de raudo gavilán un venado brotó, eléctrico, del ramazal al rastrojo, tambo­rileando su terror en el suelo polvoso y tirándose al descampado como a la muerte. Detrás de él venía la bala. Humo, gritos, polvo, hojas al vien­to. El venado se hundió en la cueva del eco, arrebatado por un terror avaro. En el suelo, y en su propia sangre, se devanaba el viejo Calistro comiéndose la tierra caliente a bocaradas, bajo el sol.
Mateyo, al darse cuenta, tiró la escopeta y huyó por el bosque. Los otros dos se miraban, aterrados, a uno y a otro lado de aquel abismo de agonía. El polvo se bía ido asentando. De bruces en los terrones ennegrecidos por la sangre, el cuerpo del viejo se estremecía, intermitentemente. Cuando quedó al fin quieto, ya nadie había alrededor; sólo al pie del palón quema­do, que era como una astilla de noche en medio del llano pelón, el conejo sedoso y tranquilo se reiba, mostrando al cielo sus afilados dientecillos roe­dores, de satisfecho...


La tinaja


Junto al remanso del crepúsculo, los volcanes eran tetuntes oscuros. Como una tinaja de barro quemado, la noche se hundía en el agua dora­da, descurriendo estrellas por el flanco. En aquel callar de tren descarri­lado, los árboles se oiban shushushar con un frescor melodioso de pasa­dero de acequia. Viraba el mundo de bordo, como para echar el ancla en el tranquil projundo del corazón.
—Pabla...
La Pabla hundió más la cabeza en el refajo. Sus trenzas prietas res­balaron hasta tocar el suelo, dionde chupaban, como ráices, la idea de un morir, con mucha tierra.
—Testoy hablando...
—¡Irte, irte de mi lado, engrato que me bis arruinado!
—¡Pero, si nues nada, usté; no siamelarchiye, ya le va pasar!...
—¡Sí, pue, le va pasar pue!, ¿y nués casado, pue?...
—Sí, pero yo a vos te quiero y tiastimo, no siapesare por babosadas.
El llorido arrastrón de la india corría, como un hilito de dolor, sobre el silencio ricién arado. El lucero, sobre el cerro cercano, mirándolo fijo, gotiaba sangrita.
El indio la envolvió por la espalda y confundió con las deya sus cren­chas lacias. Al óido, muy bajito, le dijo:
—¿No me quiere, pue?
El llanto se agravaba. Los pechos de mango maduro de la Pabla, bogaban debajo del huipil, subiendo y bajando tembeleques, como las frutas que el río mete en las cuevas de las pozas.
—¿No me quiere, pue?... ¿No me quiere, pue?...
Las manos alfareras del indio iban apretando, torneando, deslizándo­se inspiradas sobre el barro cálido de la esclava. Ella, ya sin gemir, alzaba la cabeza llorona y abría anhelosa la boca, con un pasmo de renuevo, dejándose llevar por la corriente, en vuelcos de ahogada. Se desmayó en sus hombros, entornados los ojos borrachos de lágrimas, y desflorada la boca de fruta picada por los pájaros. Él la desgajó de la tierra como de un racimo y, con la precisión de la costumbre, tomándole el refajo por la punta, la mondó como a un plátano. Su desnudez era apretada y mielosa.


* * *

La tinaja de la noche se había rajado al flanco y el agua de oro descurría, encharcándose al oriente. Una brisa morada bailaba desnuda en la playa oscura, antes de echarse al agua. La frente del cerro palidecía, avi­zorante ante la inundación del cielo. Un projundo frescor oloroso, brota­ba a borbollones de la tierra. La Pabla se tapó la cara con el yagual more­no de su brazo:
—¡Irte, irte de mi lado, engrato que me bis arruinado!


El mistiricuco


El antiguo tronco de la ceiba madre de la hacienda, se hundía, como inmensa pata de gallina, en el estercolero del corral. Era verano. La rama­zón escueta se abría en el azul del cielo, como una extraña flor de hierro. De las vainas reventadas, volaba el algodón: vellón de nube, gracia de la brisa costeña... Cada arruga del tronco era como un nervio de montaña. En los nudos hechos por los siglos, había cabezas de monstruos terrorífi­cos: pensativas gárgolas, no extrañas en aquella catedral de pájaros, románica en el tronco y bizantina en la copa. En el ábside roñoso tenía una ventana oscura, ojival, a la cual ponía vitral de verdes y brillantes hojas, una parásita prendida guindo abajo.
Luciano Pereira quería trepar, a ver qué había allí dentro. Moncho, el corralero, con el balde a media leche y el rejo en el hombro, trataba de disuadirlo:
—Te va joder una culebra, gran baboso...
Luciano subía ya, por la doble cuerda de una persoga que había logra­do trabar en un gancho.
—Ai state; no te vayás, O; guá encender un jójoro y te guá decir qué veyo.
Sin soltar el balde, entreabierta la boca y arrugada la frente por el cla­ror del manecer, Moncho lo miraba trepar sin gran esfuerzo y sonreiba al carcular la travesura.
Llegó Luciano al juraco; en una mecida alcanzó el borde, donde aga­rró con su pie de barro valiente; y en un momento estaba acondicionado, ispiando pabajo, curioso y cabeceante como un oso colmenero.
—¿Qué mira, cheró?
Luciano se dignó sacar la cabeza y mirar al corral.
—No veyo tantito, hombre, por la escurana; pero se oye un cuchareyo como rascádue cusuco.
—Veya no lo joda una culebra, por baboso...
Luciano Pereira encendió un jójoro, y miró tieso. Luego que se hubo apagado la llama, se volvió hacia Moncho y le dijo, feliz:
—Es un mistiricuco.
Desapareció en la cueva; y a poco volvió a mostrarse, trayendo en la camisa un envoltorio misterioso. Se montó en la ojiva y, tirando de un extremo de la cuerda, ató el envoltorio y lo fue bajando con cautela. Moncho había soltado el balde a media leche y esperaba, con los brazos en alto.
—No lo dejés dir, baboso.
—No, O...
Desenvuelto con precaución, después de atada una pata, el mistiricu­co quedó parado en una piedra del corral. No intentaba volarse, porque nada veían, en la lumbre del día, sus ojos de bamba piruja, abiertos y fijos como ojos de venado: désos que cayen del bejuco y se quedan mirando el cielo, desde el potrero, con un terror sin pispileyo. De vez en cuando un ligero tastaseyo le venía en los cachetes y hablaba palabras sin sonido, girando la cabeza sobre los hombros, como un títere de cordel.
—Pobrecito, oyó... Devolverlo al hoyo.
—Devolverlo vos, si tanta gana tenes; yo no me incaramo otra vuelta.
—¿Y qué vas hacer con él?...
—Ái que se quede.
—Trayen la suerte, hombre; llevátelo.
—Lo guá descabezar diún machetazo.
—No seya bárbaro, compañero; adémelo a mí...
—¿Qué vas hacer con él?...
—Eso es cosa miya: adéjemelo.
Cuando Luciano Pereira se hubo alejado, cantando, por el ixcanalar que da al río, Moncho se quedó mirando el mistiricuco, mientras se ras­caba la crencha. Tomó una resolución. Tanteó una persoga al gancho, varias veces, hasta que logró trabarla; y después de envolver el ave ago­rera con su camisa, como había hecho el otro, empezó a subir, llevándo­la en los dientes.
Por fin pudo llegar al hoyo; desató el lío y dejó el pájaro en el fondo. Cuando iba a descender, oyó el graznido trágico del mistiricuco; y recor­dó al momento que "cuando el tecolote canta el indio muere". Empezó a bajar con miedo. Se dio cuenta de lo mal que había enganchado la perso­ga. Cerró los ojos. Cayó...
Abrió, por última vez, los párpados mansos, y miró las caras inclina­das sobre él.
—Quedó paradito el pobrecito, en su nido... —dijo sonriendo, y cerró los ojos.
Entuavía alcanzó la voz de ño Macario, que decía:
—Traye la suerte y traye la muerte. Tal vez la suerte es una muerte; tal vez la muerte es una suerte.


El brujo


—¿Ya salió la luna, vos?...
—Creyo que no...
Con los ojos deslumhrados por el candil, Chema salió del caidiso del rancho y afrentó la noche. La tinta del cielo había ido destiñéndose poco a poquito, mientras que la de los árboles había permanecido firme; por lo cual las ramas secas de los chilamates y las mangas deshilachadas de las hojas de plátano, destacaban juerte su silueta sobre el celestito despejado, onde las estreyas parpareaban friolentas. También el alero del caidiso, en el rancho, dibujaba negras sus pestañas de zacate y su dentadura de teja senefiada y cholca. Como el rancho estaba escondido en medio del plata­nar, el suelo seguía oscuro, afondado en aquel silencio clareante. Chema se fue, como quien se desentume, por la veredita que serpeaba entre el boscaje. Al poco rato desembocó en el potrero abierto y llano hasta topar. Allí era como el día: un día azulito y fresco, tiernito, pegado a la noche como descondidas. La luna, enorme, venía acabando de arrancar del cerro, dormido de culumbrón como un cipote.
—¡Veya, qué luna!... —se dijo casi entre dientes.
Agarrado del cerco, con un caite en la alambrada, Chema le chifló un son a la luna. A lo lejos, se oiba clarito bajar el río. Como rogantes, arro­dillados y cabizbajos en medio de la pradera, había dos o tres caulotes; en cambio el tronco escueto y quemado del volador, amenazaba con sus muñones impotentes al cielo. Una brisa chiquiadora estremecía el pajo­nal como una piel de gato. Se venían caracoles de olor, que hacían suspi­rar: olor a monte extraviado, a noche ricién bañada, olor a caminito (qués con anisiyo); olor a perdidero (qués con albajaca)...
La luna iba trepando despacito; uno quiotro chucho ladraba al des­perdigo y en el lejano camino carretero, el polvo volaba alirroto y caiba otraaguelta desfallido.
Chema paró de chiflar y continuó cantando una versaina. Paso a paso se volvió al rancho por entre el manoteo del platanar, ya clareante y pla­tero con los filos de la luna.
—¡Felipió!... Ya asomó la luna...
—Amonós, pue. Son mero las nueve.
—¿No será pecado, mano?...
—¡Si quiere quédese, yo no lo juerzo, babosada!...
Los dos hermanos ensillaron, entre una música insípida de albardas tamborileras y frenos tintineantes; alejándose luego por el camino blan­co, donde el polvo se había hecho pesado. El blancor de aquella fueya cruzaba el llano. Las estrellas titilando, los pocuyos en el aire, las ranas en el agua de los regadíos y los cascos en la tierra fofa, parecían concer­tarse en un solo e infinito palpitar monótono del corazón de los elemen­tos. Fuego, aire, agua y tierra aunaban sus pulsaciones en la noche, agravando el silencio.
La soledad era completa. Llegados al pie de las tres ceibas deshoja­das, de ramazones bajeras y agujereadas o carcomidas por los siglos, pararon sobre el enrejado de sombra y desmontaron. El cerro redondo desde allí aparecía como una piedrenca musgosa, a la vera de un muy ancho y desolado camino.

* * *

Felipe y Chema eran hermanos a la pura juerza; hubieran deseado no serlo. Chema era el menor y por tanto aguantaba más la hermandad. Vivían solitarios en el rancho de aquella joya y la fatalidad los había unido al fin en un solo interés. Estaban enamorados de dos hermanas y las fuerzas empleadas en el asedio habían fracasado por completo. La Chabela no miraba mal a Chema, pero no lo dejaba pasar de ciertos lími­tes; en cambio, la Lorenza rechazaba de plano las pretensiones de Felipe. Ahora iban ellos a quemar el último cartucho. Felipe había oído una vez, de labios del brujo Manuel Mujica, que en cuestión de amores nunca fallaba la oración del puro, cuando se ejecutaba de ley. A eso había arras­trado esta noche al hermano, haciéndole beber cuatro leguas de temor y de esperanza.
La casa de Manuel Mujica estaba encumbrada en el hombro del cerro, entre papayos que iban de romería, en ringla, bajando la loma con sus alforjas al nombro. En la inmensidá del mundo, eran como cirios ver­des y grumosos ante el altar del cielo; altar ennubado, donde la Virgen del maleficio pone su pie de plata sobre la luna.
A pie habían llegado hasta allí, por veredas acharraladas y pedrego­sas, tan empinadas que las bestias no hubieran podido trepar sin peligro. Habían subido del lado de la sombra y, cuando cumbrearon al jaz de la paré de adobe de la casa del brujo, la luna los pintó de yeso y de carbón. Rondaron la casa hasta dar con la puerta de tablas, que estaba cerrada, pero con luz en las heridas. Felipe llamó, golpeando con el dedo. La voz de Mujica se oyó friolenta de vejez:
—Rempujá, Felipió...
Felipe empujó y entró, seguido de Chema, quien llegaba aflegido a la vez que curioso.
El brujo estaba sentado en una calavera de vaca y envuelto en un perraje colorado. Tenía por delante un hornillo, sobre una mesita; y en él echaba, al descuido, granitos de una resina que jedía a cacho. Era consu­mido y de ojos nublados, prieto como laja de dulce amelcochado y con bigote gris en las puntas de la boca. Al mirarle con cuidado la nuca y las manos, parecía como hecho de hule en bruto. Les ofreció taburete.
—¿Qué les sirvo, mucha, la oración del puro o el muñeco de cera?
Chema no comprendía. Felipe se puso grave.
—Para éste —dijo con voz temblona— la oración; para mí, una muñeca con aljiler en el mero corazón.
Un ligero ruido que venía del techo sobresaltó al hermano menor. Miró las vigas. A la luz temblona del fuego, vido, horrorizado, que las varas se bían hecho culebras y siban deslizando despacito, con vueltas de trépano. Se puso de pie espantado.
—No se espante, hijito: son las masacuatas que tengo para que se coman los ratones. Nuacen nada, son mansas como gatos.

* * *
—¡Aunque no me quiera, yo nuago esa papada!
—No seya pendejo, lo va querer esa babosa pa que liarda a lotra, qués la consejista de que no lo tope.
—¡Mire, Felipe, mi nana no nos crió pa malos: arrecuerde sus conse­jos!
—¡Pues váyese al chorizo, istúpido, y jódase!...
Desde aquel día se separaron para siempre. Felipe empezó a poner en práctica las lecciones de Manuel Mujica. Pa la Lorenza la muñeca; y pa la Chabela, y a su propio favor, el puro.

* * *

Un día Chema los topó en el ojo diagua, diciéndose secretos, senta­dos en la ráiz del tamarindo. Taba puesta la tormenta y había un oscuro lleno de inquietud. Se habían parado las hojas, como si el aire se biera coagulado. Entre los besos del agua en el pedrero, se oiban besos de labio. No pudo contenerse. Una nube espesa de celos, más tormentosa y relampagueante que la del cielo, le cegó un instante. Llegó, trémulo, por la espalda y clavó su daga de un golpe.

* * *

La tormenta llenó el mundo con su furia imponente. Como un látigo, caiba el rayo sobre las espaldas impotentes de los volcanes encogidos, que huían en grupos. El río rugidor arrastraba, entre el lodo y la leña, un muñeco infeliz, con un aljiler clavado en el mero corazón.


El negro


El negro Nayo había llegado a la costa dende lejos. Sus veinte años, morados y murushos, reiban siempre con jacha fresca de jícama pelada. Tenía un no sé qué que agradaba, un don de dar lástima; se sentía uno como dueño de él. A ratos su piel tenía tornasombras azules, de un azulón empavonado de revólver. Blanco y sorprendido el ojo; desteñidas las palmas de las manos, como en los monos; gachero el hombro izquierdo, en gesto bonachón. El sombrero de palma dorada le servía para humillar­se en saludos, más que para el sol, que no le jincaba el diente. Se reiba cascabelero, echándose la cabeza a la espalda, como alforja de regocijo, descupiéndose toduel y con gárgaras de oes enjotadas.
El negro Nayo era de porái...: de un porái dudoso, mezcla de Honduras y Berlice, Chiquimula y Blufiles de la Costelnorte. De indio tenía el pie achatado, caitudo, raizoso y sin uñas —pie de jengibre—; y un poco la color bronceada de la piel, que no alcanzaba a velar su estruc­tura grosera, amasada con brea y no con barro.
Le habían tomado en la hacienda como tercer corralero. No podía negársele trabajo a este muchacho, de voz enternecida por su propio des­tino. Nada podía negársele al negro Nayo: así pidiera un tuco e dulce, como un puro o un guacal de chicha. Pero, al mismo tiempo, era —pese a su negrura— blanco de todas las burlas y jugarretas del blanquío; y más de alguna vez lo dejaron sollozante sobre las mangas, curtidas con el barro del cántaro y la grasa de los baldes. Su resentimiento era pasajero, porque la bondad le chorreaba del corazón, como el suero que escurre la bolsa de la mantequilla. Se enojaba con un "no miablés"... y terminaba al día siguiente el enojo, con una palmada en la paletiya y su consiguiente: "¡veyan qué chero, éste!"... y la tajada de sonrisa, blanca y temblona como la cuajada.

* * *

Chabelo "boteya", el primer corralero, era muy hábil. Tenía partido entre las cipotas del caserío, por arriscado y finito de cara; por miguele­ro y regalón; pero, sobre todo, porque acompañaba las guitarras con una su flauta de bambú que se había hecho, y que sonaba dulce y tristosa, al gusto del sentir campesino. Nadie sabía cuál era el secreto de aquel carri­zo llorón. Bía de tener una telita de araña por dentro, o una rendija falsa, o un chaflán carculado... La fama del pitero Chabelo, se había cundido de jlores como un campaniyal. Lo llamaban los domingos y ya cobraba la vesita, juera de juerga o de velorio, de bautizo o de simple pasar.
Un día el negro Nayo se arrimó tontito a Chabelo «boteya», cuando éste ensayaba su flauta, sentado en el cerco de piedras del corral. Le son­rió amoroso y le estuvo escuchando, como perro que mueve el rabo.
—¿Oyí, negro, querés que tenseñe a tocar?...
Por la cara pelotera del negrito, pasó un relámpago de felicidad.
—Mire, chero, y yo le vuá pagar el sábado, pero no me vaya a tirar...

* * *

Después de las primeras lecciones, Chabelo el pitero le arquiló la flauta al negro para unos días. El negro se desvelaba domando el carrizo; y lo domó a tal punto, que los vecinos más vecinos, que estaban a las tres cuadras, paraban la oreja y decían:
—¡Oiga, pitero ese Chabelo! Es meramente un zinzonte el infeliz...
—Mesmamente: diayer paroy, le arranca el alma al cristiano como nunca.
Callaban... y embarcaban su silencio en el cayuco bogante de aquella flauta apasionada, que los hundía en la dulzura de un recordar sin recuer­dos, de un retornar sin retorno.

* * *

En poco tiempo, el negro Nayo sobrepasó la fama de Chabelo. Llegaban gentes de lejos para oírlo; y su sencillez y humildad de siempre se coloreaban de austeridad y poderío, mientras su labio cárdeno soplaba el agujero milagroso.
El propio Chabelo, que creyó conocer todos los secretos del carrizo, se quedaba pasmado, escuchando —con un sí es, no es, de despecho—, el fluir maravilloso de un sentimiento espeso que se cogía con las manos.

* * *

Una tarde dioro en que el negro estaba curando una ternera trincada, con una pluma de pollo untada de creolina, Chabelo se decidió por fin; y, un tanto encogido, se acercó y le dijo:
—Mirá, negro, te pago dos bambas si me decís el secreto de la flau­ta. Vos le bis hallado algo que le pone esa malicia... Seya chero y me lo dice...
El negro se enderezó, desgreñado, blanca la boca de dientes amigos y franca la mirada de niño. Tenía abiertos los brazos como alas rotas, sos­teniendo en una mano la pluma y en la otra el bote.
Miró luego al suelo empedrado y meditó muy duro. Luego, como satisfecho de su pensada dijo al pitero:
—No me creya egóishto, compañero, la flauta no tiene nada: soy yo mesmo, mi tristura..., la color...


Vocabulario de modismos del lenguaje cuscatleco empleados en este libro


NOTA: Los modismos de fácil comprensión no han sido incluidos

A

ACAPETATE. Lienzo de fibra de caña, áspero y rígido, usado en algunas casas como cobertura interior del tejado.
ACEITELOROCO. Véase Loroco.
ACUCHUYADO. Apelotonado, anidado, hecho un ovillo.
ACHARRALADO. Enmontado, lleno de maleza o charrales.
¡ACHIS! Exclamación equivalente a "¡Qué te crees tú!", "¡Qué me importa!", "¡Anda!" o cosa análoga. A veces expresa asombro, y también asco, o des­precio.
ACHORCHOLADO. Decaído, triste.
¡AGÜEN! (¡Ah buen!...). Exclamación análoga a "¡Bah!", "¡Vaya!", "¡Anda!" o "¡No faltaba más!" AGÜEGÜECHO. Pelícano, pájaro marino.
¡AIJUESESENTAMIL!. "¡Ah, hijo de sesenta mil...!"
¡AJU! Exclamación equivalente a "¡Desde luego!" (Entonación ascendente).
ALETIAR. Aletear.
ALMÁGANA. Almádana.
ALOYE. "Ya lo oye usted".
AMATON. Aumentativo de Amate. Árbol tropical, especie de higuera. Adquiere a veces, con su tupido follaje, la forma de un parasol de grandes dimensiones.
AMBULETO. Por amuleto o talismán.
AMELARCHIARSE. Entristecerse, desesperarse (De melarchía).
AMÓNOS. Vámonos
ANDAR (verbo activo). Llevar, hablando del cabello o de una prenda de vestir.
ANSINA. Así.
APERCOYAR. Abrazar, agarrar o sujetar con fuerza.
APIAR. Apear. Detenerse.
APRIETADO. Prieto, muy moreno.
APURARSE. Apresurarse.
ARRISCADO. Listo, atrevido, desembarazado y elegante.
ARRESTO. Esfuerzo.
ARRONJAR. Arrojar. Dar un tirón.
ARRUINAR. Desflorar, estuprar.
ATECOMATADO. Sonido hueco y profundo, como dentro de un tecomate.
ATOL (En Méjico atole). Bebida hecha con harina de maíz, disuelta en agua o leche, y hervida.
ATORZONARSE. "Atorozonarse", atragantarse.
ATRINQUETEAR. Apalancar, abrazar.
ATROMPEZARSE. Tropezar.
AVENTAR. Arrojar al viento.
AZAR. Por azahar.
AZAREARSE. Azararse.
AZORRAR. Azorar.


B

BABIECA. Tonto, estúpido.
BABOSO. Estúpido, Idiota. (Insulto muy fuerte en El Salvador).
BAMBA. Moneda grande, de plata u oro.
BAMBA Piruja. Tela con dibujos a círculos, del tamaño de monedas.
BARRILETE. Cometa, juego de niños.
BARZONIAR (barzonear). Sacudir, estremecer, imprimir un vaivén a.
BATIDOR. Pequeña vasija de barro cocido.
BEBEDERO (sust. o adj.). Depósito para surtir de agua a las locomotoras.
BEJUCO. Liana, enredadera flexible y fuerte.
BLANQUIYO. Alusión un poco abstracta a la indumentaria blanca de algo­dón (o manta). Se usa para indicar grupos de campesinos.
BOLIADO (boleado o voleado). Roto del vuelo o borde. Astillado.
BOLO. Borracho, ebrio.
BOTIJA. Cántara de barro alargada, fuera de uso en esta época, utilizada por las generaciones pasadas para ocultar tesoros bajo tierra o en los muros de las casas.
BRAVO. Enojado (hablando de una persona).
BROTON. Poste de alambrada, que se siembra verde y que luego echa brotes.
BRUJA. Por brújula.
BRUSCA (brusquita) (sust.). Término suave, casi cordial para designar a una ramera.
BUCHE. Bocio.
BURRO. Especie de andamio portátil, que se ocupa en carpintería, o como soporte de la tabla típica ("violín") para el aplanchado de ropa.
BURROS (zapatos). Zapatos muy toscos.
BUTUTE. Caracol o cuerno para señales.


C

CABUYA. Cabo o colilla del cigarro (puro).
CACAXTE, cacaste o cacaxtle. Armazón de varas que sirve al indio para lle­var frutas, granos, alfarería. El cacaxte va forrado por dentro como una caja y se carga a la espalda, sosteniéndolo con un cincho (mecapal) sobre la frente.
CACAXTERO. Cargador de cacaxte.
CACHAR, cacharse. Conseguir, conseguirse.
CACHETE. Mejilla, carrillo.
CACHO. 1. Cuerno. 2. Mango de cuerno, 3. Punta en forma de cuerno.
CACHIMBAZO. Golpe, en sentido concreto o figurado: gran cantidad de, como en "golpe de gente". CAEDIZO. Tejadillo, casucha.
CAIMITO. Fruta lechosa, blanca o rosada, del árbol sapotáceo del mismo nombre.
CAITAZO. Golpe dado con el caite.
CAITES. Sandalias de cuero crudo. Único calzado que usan los indios.
CAITUDO. Con caite, o aplanado como con caite.
CALIBRE. Fusil.
CAMALOTE. Hierba acuática, muy verde y crecida.
CAMBRAY. Tela de algodón muy fina, pero áspera y casi transparente.
CAMBRAY pirujo: la misma, con dibujos a círculos como monedas.
CAMPANILLA. Campánula, flor.
CANALETE. Especie de remo corto, y de pala muy ancha.
CANCHE (adj. invariable). Rubio, a (peyorativo).
CANTONIARSE. Por contonearse, caderear.
CARAGO, carao o caragüe. Árbol leguminoso, de hermosas flores, especie de guamo, que produce unas vainas largas y oscuras, con semillas planas y de fuerte olor, aunque muy dulces al paladar.
CARAMBADAS. Cosas. Cuatro carambadas, "Cuatro frescas". No se anda con carambadas, "No se para en chiquitas". No me venga con carambadas, "No me venga con cosas".
CARBURO. 1. Mechero de acetileno. 2. Palabrería vacua.
CARETO. De cara sucia o manchada. (Dícese originalmente de ciertos caballos).
CARGANTES. Cargadores.
CARPA. Tienda de camparía, toldo o tendal, especialmente de circo o feria.
CARRETIA (por carretilla). Serpiente venenosa de Honduras.
CASAR. Encajar y, por extensión, gustarle a uno.
CATIZUMBADA (de catizumba). Un montón, un gran número de.
CAULOTE. Árbol, cuyo tronco a menudo se emplea en los cercos de alambre.
CAYUCO. Bote rústico de pesca, labrado en un tronco de árbol.
CAZAR. Descubrir.
CEBADERA. Bolsa de fibra de cáñamo.
CINQUITO. Serie de cinco semillas o bolitas para el juego que lleva el mismo nombre.
CIPOTE, a. Niño, muchacho. Cipotada, grupo de cipotes.
CLARENCIA. Claridad.
CLAREYOS. Cláreos, clarores.
CLARINERO. Sánate clarinero, pájaro de color negro acerado.
COBIJA. 1. Miedoso. 2. Manta o frazada.
COCALES. Grupos de cocoteros.
COCOS. Cocoteros.
COJON. Arbusto cuyo fruto, doble, recuerda los testículos del cerdo.
COLASERO. "Que da coletazos" (colasear).
COLIAR. Colear.
COLON. Peso, unidad monetaria del pais, que tiene en relieve el retrato de Cristóbal Colón.
COMPA. Compadre, compañero.
CONACASTE. Árbol acaciáceo, cuyas semillas se hallan contenidas en vai­nas de color oscuro, en forma de oreja.
CONTAGIO. Entidad mítica, probablemente símbolo fálico, análogo al cipitillo.
CORTINENCA. Aumentativo de cortina.
CORVAZO. Machetazo.
CORVO (Sust.). Machete.
COTÓN o Cotona. Especie de camisa o chaqueta de algodón.
CUCA. 1. Cucaracha, insecto. 2. Banquito rústico, cuyo asiento está formado con dos tablas en ángulo obtuso. Estas cucas no miden más de un pie de altura.
CUCHUYARSE. Acuchuyarse. Apelotonarse, hacerse un ovillo.
CUENTO y cuenterete. Un objeto sin importancia. Cosa indefinible.
CUETE. 1. Cohete. 2. Pistola.
CUIS. Cuartillo, moneda de 1/4 de real (Este último vale 12 1/2 centavos).
CULATIAR. Golpear con la culata de un fusil.
CULUAZUL. Véase zancudos.
CULUMBRON. De culumbrón, de trasero.
CUMA. Especie de machete corto, curvado hacia adelante en forma de pico de pájaro. Véase el dibujo al dorso de este libro.
CUSUCO. Armadillo.
CUTACHA. Machete pequeño o pedazo de machete.


CH

CHACALELE. Botón grande, que se hace girar enhebrado en un hilo retorci­do. Por extensión, botón grande.
CHACALÍN. Camaroncillo, quisquilla. CHACHAR. Hermanar.
CHACHO y chachado. Contiguo, pegado, gemelo.
CHAPARRO. 1. Arbusto o matojo espeso. 2. Aguardiente clandestino.
CHAPUDO (a) (Con chapas) Persona de muy buen color.
CHARACUACO. Ave marina de canto estridente.
CHARRALES. Maleza.
CHEJE. Pájaro carpintero.
CHELE (adjetivo invariable en el femenino). Blanco, claro de color. Por extensión, se aplica a los extranjeros del Norte, o a los rubios en general. Derivados: cheloso, cheleante, chelón.
CHERCHE. Muy pálido, demacrado.
CHERO. compañero.
CHICHA. Bebida alcohólica, hecha de maíz fermentado.
CHICHE (sust. fem.). Seno, pecho, mama.
CHICHERA. 1. Patrulla encargada de perseguir el contrabando de aguardien­te. 2. Lugar donde se fabrica la chicha.
CHICHERO 1. Miembro de la patrulla chichera. 2. Fabricante de chicha.
CHICHICASTAL. Grupo de chichicastes.
CHICHICASTE. Hoja cáustica muy grande.
CHINGASTES. Pedazos, trizas. Chingastear, hacerse pedazos, gotear.
CHIFLAR. Silbar.
CHILAMATE. Cierta especie de amate.
CHILE. Ají, pimiento americano muy picante.
CHILILLO. Látigo.
CHILOSO (a). Picante, ardiente. Por extensión, duro, difícil.
CHILTOTA. Pájaro de color anaranjado, con patas, pico y alas negros. Oropéndola.
CHIMBERA. Cierta clase de peces pequeños, empleados en la pesca como cebo.
CHIMBOLERO. 1. Mancha de chimbolos. 2. Infierno.
CHIMBOLOS. 1. Pececillos pequeños. 2. Renacuajos.
CHINA. Planta silvestre, de flores rosadas.
CHINAMO. Rancho de palma que abriga una venta de feria.
CHINCHÍN. Cascabel, sonajero o cosa análoga.
CHINGADO. Importuno, molesto (véase jodido).
CHINGASTES. Pedazos, trizas: Chigastiar. Hacerse pedazos gotear
CHINGAR. Fastidiar, importunar (véase joder).
CHIPE. Descriado, desmedrado.
CHIQUEYA. Del verbo chiquiearse, contonearse, cimbrear el cuerpo.
CHIQUIRIN. Especie de cigarra (onomatopeya).
CHIRA. Llaga, herida, rozadura o matadura.
CHIRIBISCO. Tallo de la maleza.
CHIROLAS. Bolitas.
CHIRRION. Tallo muy flexible y fuerte, usado como látigo.
CHIVO. Juego de dados.
CHOYA (por cholla). Pachorra, pereza, calma excesiva.
CHULIAR (chulear). Cortejar, llamar chulo o chula a una persona.
CHOCO. Ciego o tuerto. Moneda choca. Moneda falsa.
CHOLCO, a. Desdentado.
CHUMPIPE. Pavo común.
CHORCHINGALO. Especie de iguana de color pardo y cresta larga. Tenguerechón.
CHORIZO. Cerrar chorizo, terminar la fila.
CHORRENTERA (por confusión con chorro). Torrentera.
CHOYA (por cholla). Pachorra, pereza, calma excesiva.
CHOYEO. Frotamiento, rozamiento. Del verbo chollar.
CHOYON (Por chollón). Del verbo chollar. Lastimadura, rozadura.
CHUCUZ. Onomatopeya: ruido de un objeto que se sumerge bruscamente,
CHUECO (a). Flojo, torcido.
CHUCHO. Perro Perra.
CHULIAR. (Chulear). Costejar, llamar chulo o chula a una Persona.
CHULO (a). Bonito (a). Muy bonito, precioso.
CHUMAZO. Puñado de.
CHUMPE, Chumpipe. Véase chompipe.
CHUNCHUCUYO. Trasero de las aves.
CHUNGUIAR. Provocar en forma burlesca.


D

DE JURO. De fijo. Seguramente.
DENDE. Desde.
DENTRAR. Entrar.
DESCANTILLARSE. Ladearse, torcerse.
DESCONDELERO. Por de escondelero: véase esta palabra.
DESGUINDARSE. Descolgarse.
DESMANDO. Desmán, demasía, atrevimiento.
DESPENICAR. Regar, dispersar, despetalar, Aplícase comúnmente a las flo­res o ramas que se hacen trizas.
DESPOSOLAR. Hacer posol, hacer polvo o harina. Reducir a polvo una cosa blanda y de poca consistencia.
DIACUIS. Por de a cuis: véase cuis.
DIADENTRO (de adentro) (Sust.). De servicio interior. Criada o sirvienta.
DIALTIRO (de al tiro). De una sola vez, por completo.
DIAY. "De ahí", es decir luego, en seguida, después
DIR. Ir.
DORISCA. Casi dorada.


E

E. Por "de".
¡EEEE! Exclamación en tono descendente, que implica asombro, pero que se pronuncia en el tono interrogativo del "¿eh?" castellano.
EGOISHTO (a). Egoísta.
ELOTE. Maíz tierno en mazorca.
EMBOLAR. Emborrachar. Embolón. Embriagante.
EMBRUECAR. Embrocar.
ENCACHIMBADO. Furioso.
ENCAJE. Ingle, empeine del muslo.
ENCUMBRAR. Levantar, alzar.
ENCUMBRARSE. 1. Beber hasta las heces. 2. Llevar a alguien preso.
ENCHUTAR. Acertar a meter en un agujero una cosa, tirándola.
ENDE. Desde.
ENDIZUELO (indizuelo, indiecillo). Personilla, en forma despectiva que se aplica por lo general a los niños.
ENTRIABRIDO. Entreabierto.
ESCONDOLERO. Escondite, juego de niños.
ESCURANA. Por oscurana. Oscuridad.
ESPIRETOS de palos. Espectro de árboles.
ESPUMESAPO. Espuma de sapo.


F

FEYO. Feo.
FLOR de Fuego. Árbol acaciáceo, que en cierta época del año se cubre de flores rojas.
FLUS. Una mancha de peces en movimiento. Una racha.
FONDO. Objeto pesado que hace las veces de ancla.
FUEYA (fuella). Huella.


G

GANCHADA. Bofetada.
GATO. Bíceps.
GEMELA. Planta de jardín, especie de jazmín de Arabia.
GOMA. Malestar después de la borrachera.
GOYO. Diminutivo de Gregorio.
GUA. Voy a.
GUACAL o Huacal. Vasija cóncava y hemisférica, de jícaro, de arcilla o de metal.
GUACALADA. Contenido (en agua) de un guacal.
GUACHI (de guachimán, corrupción del inglés watchman, vigilante o sereno). Criado uniformado.
GUACHIPILIN. Árbol grande, de flor y de madera amarillas.
GUARERA. Patrulla encargada de perseguir el contrabando de guaro.
GUARO. Aguardiente de caña (sometido a estanco en El Salvador).
GUARUMAL. Grupo de guarUmos.
GUARUMO. Árbol euforbiáceo de savia láctea, de hojas grandes y lobuladas, y de una coloración general grisácea o plateada.
GUAS o Guauce. Ave crepuscular de canto triste.
GUASIAR (de guasa). Hacer burla.
GUAYABO. Árbol mirtáceo, de flores blancas y madera muy dura, y cuyo fruto es la guayaba.
GÜELER. Oler.
GÜELTA. Por vuelta. Güeltereta, por voltereta.
GÜELTEGATOS. "Vueltas de gato" (vueltas de carnero, saltos mortales).
GÜEVAZO. 1. Golpe o contusión. 2. Golpe, en el sentido de hacinamiento o multitud.
GUINDOABAJO. Colgando cabeza abajo.
GUINDAJOS. Colgajos, harapos.
GUINEOS (casi siempre pronunciado guineyos). Bananos.
GUIÑO. Guiñada, en el sentido de tirón.
GÜISCOYOL. Véase huiscoyol.


H

HELADO. Frío, aunque no se trate —ni mucho menos— de hielo.
HOJARASQUIN. Rancho de hoja de palma.
HUACA (o guacal). Tesoro enterrado en un cántaro o botija.
HUACAL. Véase guacal.
HUATE o Guate. Zacate de hojas anchas (el huate es un buen forraje para el ganado. Se le almacena para el verano).
HUIPIL. Camisa típica de las indias.
HUISCOYOL. Palma delgada, de largas y afiladas espinas.
HUISCOYOLAR o Güishcoyolar. Grupo de huiscoyoles.
HUISHTE o Güishte. Fragmento de vidrio, cortante y menudo.
HUIZAYOTE. Güisquil, fruto acuoso de la planta enredadera del mismo nombre. Tiene forma alargada, y está cubierto de espinas,
HULE. Caucho en bruto.


I

ICACO. Arbusto rosÁceo, de flores blanquecinas y fruto parecido a la ciruela claudia.
IDO. Distraído, ensoñador.
INANO. Enano. "Dedito inano", dedo meñique.
INDIZUELO (a). Véase endizuelo.
INGRIMO. Completamente solo.
ISCANAL, ixcanal o ishcanal. Arbusto espinoso, de grandes espinas cónicas, en cuya base viven ciertas enormes hormigas negras.
ISOTE o Izote. Planta cactácea que da una flor alimenticia.
ISPIAR. Espiar; o simplemente echar un vistazo.
IXCANALAR. Lugar plantado de ixcanales.


J

Nota. La J es muy a menudo usada, en la prosodia del campesino salvadoreño, en lugar de la F y de la H: jlores por flores, jierro por fierro, esta última forma arcaica —pero corriente— de hierro.

JABILLO. Árbol euforbiáceo, cuyo fruto contiene un jugo lechoso y deleté­reo.
JACHA. Dentadura o quijada.
JALAR. Tirar de, halar.
JALÓN. Tirón, halón.
JAZ (al jaz). Al haz, a la orilla.
JENJEN o Jején. Mosquito fino.
JICAMA. Tubérculo grande, muy blanco y azucarado.
JÍCARO. Árbol que produce una especie de calabaza muy dura, que labrada y vaciada se usa como recipiente.
JICARA. Vasija pequeña, hecha con el fruto de cierta clase de jícaro o morro. La jicara tiene forma oval y se usa con mayor frecuencia para batir y beber el chocolate o el tiste.
JILA (xila). Árbol que produce flores en forma de borlas, blancas o rojas.
JIOTE. Árbol de tronco bronceado.
JOCOTE. Fruta amarilla o roja del jocote —árbol terebintáceo parecido al jobo—, cuya forma y tamaño recuerdan la ciruela.
JODER. 1. Fastidiar sin más, el sentido castellano es desconocido en Cuscatlán. 2. Triunfar.
JUELGO. Huelgo.
JOJORO. Fósforo.
JOYA. Cañada, quebrada, hondonada o valle profundo (de hoya).
JUE. Fue.
JUI, juí. Onomatopeya: ruido producido por el vaivén de una hamaca, al fro­tar las argollas de hierro contra los garfios de que está suspendida.
JUIDO (huido). Distraído, ausente, alelado.
JUILINES. Cierta clase de pececillos.
JULUNERA o Jurunera (Sin duda de huronera). Lugar extraviado, oscuro, escondido y poco frecuentado.
JUMAZON. Humareda.
JUMAR. Fumar.
JUMO. Humo.
JURACO. Agujero, hoyo (Portugués buraco).
JURO ("De Juro"). De seguro, de fijo.


K

KAKASECA. Estiércol seco.
KAKEMOSCA. ídem... de mosca.
KAKEVACA. Estiércol del ganado.
KINKÉ. Quinqué, lámpara.


L

LAMBER. Por lamer.
LAGUA, Lazúcar, etc. Por el agua, el azúcar, etc. Forma corriente en El Salvador en estos casos. LAIJA. Por la hija.
LAJA de dulce. Tapa de panela, o azúcar de caña sin refinar.
LALA ("La ala"). El ala.
LATA. Hojalata,
LAURA. Por la hora.
LAZO. Cuerda larga.
LOGA. Reprimenda.
LONRA. Por la honra.
LOROCO. Planta empleada como condimento, y de la que se extrae un acei­te medicinal.
LUEGO. Pronto (y no 'después’).
LUMONIA. Pulmonía.


M

MADRECACAO. Árbol leguminoso, especie de guamo, que da flores rosa­das y se planta para dar sombra a los cafetales.
MAICILLO. Planta gramínea, parecida al trigo, y empleada como forraje.
MAISHTRO. Pronunciación popular de "maestro".
MAJONCHOS (Guineos majonchos). Especie de plátanos de forma prismáti­ca más bien que cilindrica.
MAMA. Madre.
MAMAZO. 1. Amasijo. 2. Véase guaro.
MANAGUAS. Entidades de la mitología indígena, especie de silfos o espíri­tus de las nubes.
MANGA. Manta, cobertor de lana con dibujos indígenas, generalmente teji­do en Guatemala. Manga chapina.
MANO. 1. Hermano, compañero. 2. "Echar una mano": prestar ayuda.
MANTA y mantadril. Tela ordinaria de algodón, de que se visten los indios.
MANUELIÓN (Por mano de león). Árbol de madera blanda y blanca y de hojas lobuladas.
MAREÑO (a). Marino (a).
MASACUATA. Cierta clase de culebra que come ratones y puede ser domes­ticada. Boa.
MASONA. Amazona.
MATAPALO (Amate matapalo). Cierta clase de amate, que se enrosca en su juventud alrededor de otros árboles, y acaba por ahogarlos.
MATATA. Bolsa de fibra.
MATATE. Red de fibra de maguey.
MATEPLATANO. "Mata de plátano".
MATOCHO. Matojo, matorral.
MECHUDO. Mechoso, que tiene pelos o hebras.
MEDIAGUA. Casa con techo de una sola vertiente.
MELARCHÍA. Melancolía, decaimiento.
MERO. Pez muy grande, de carne delicada.
MERO, mera. Casi. Bastante. En este último sentido, es adjetivo y concuerda en género y número con el sustantivo: mera buena, bastante buena. En el pri­mer sentido es adverbio, y como tal invariable, aunque admite el diminutivo: ya mérito se cae, "ya casi, casi se cae".
MESMO. Mismo.
MESMAMENTE. Completamente; igual a.
MIGUELERO. Galanteador (de miguelear, galantear) Especie de tecolote o buho pichón. MISTIRICUCO. Especie de tecolote o buho pichón.
MOCUECHUMPE. Moco de chompipe.
MOJISCO. Húmedo, mojado (en sentido activo y no pasivo).
MONTARRASCAL. Maleza muy salvaje y tupida.
MONTE. Hierba.
MONTURA. Silla de montar.
MORRO. Árbol de jícaro, o fruta del mismo: especie de calabaza.
MOSQUERO. Enjambre de moscas.
MOTA DE ÁNGEL. Vilano, flor del cardo; apéndice de filamentos que sirve a ciertas semillas para ser trasportadas por el viento.
MULATO. Árbol de grandes dimensiones, que da una flor rosada.
MUMUJA. Amasijo o polvo de madera podrida.
MURUSHO. De cabello muy rizado (como en la raza negra).


N

NADO e chucho. Nadado de perro.
NAGUA. Falda, saya (sin duda por "enagua").
NANA. Madre.
NANCE. Árbol que produce frutas amarillas, muy olorosas y azucaradas, del tamaño de cerezas.
NESHNO. (a). Renegrido.
NIÑA (Adj.). Virgen.
NORTE. Viento muy fuerte, cualquiera que sea.
NORTIAR. Hacer viento.
NUAY. No hay.


Ñ

ÑATA. Nariz remangada o aplastada. Ñato (a) (adj.) Chato. Natía, por ñatilla, diminutivo de ñata.
ÑEBLA, Neblina. Niebla, neblina.
ÑO, ña (de niño, niña, o quizá de ñor, seña). Señor, señora.
ÑOR. Señor.
ÑUBLAR. Por nublar.
ÑUDO. Nudo. Forma arcaica, usada aún en El Salvador.


O

O. Expresión campesina, equivalente a "tú". "¿Vamos, o?": ¿Vamos, tú? Véase "oyó".
OCOTE. Leña de pino resinoso, que se usa a veces como antorcha.
OIBA. Oía.
OJO de agua. Manantial en forma de pileta o cuenca natural.
OJO de venado. Semilla grande, de color marrón pero rodeada de un círculo negro, que recuerda un ojo de res.
OLISQUIAR. Olfatear.
OLISCO, a. Que tiene tufillo.
OLOTE. Corazón o desecho de la mazorca de maíz.
ONDEYO. Ondeo, ondulación.
ORITO ("Tráiban orito"). Un poquito de oro. El diminutivo, entre el pueblo, marca a menudo el sentido figurado: "Donde se hace polvito el sol".
OTRAGÜELTA (Otra vuelta). Otra vez.
OYÓ. Expresa lo mismo que "o", con la particularidad de que este último se emplea casi siempre al final de la oración; mientras que oyó se usa al principio.


P

PACHO (a). De poco fondo. Aplastado.
PADERÓN. Por paredón.
PAJUIL. Especie de gallinácea salvaje, entre el faisán y el pavo.
PALANQUERA (talanquera). Retazo de alambrada, que se abre y cierra con argollas del mismo alambre.
PALAZÓN. Grupo de ramas o árboles.
PALO. 1. Árbol. 2. Madera.
PALÓN (Aumentativo de palo). Arbolón.
PANCITINGA. Panzoncilla.
PANTE. 1. lacinamiento de leña.
PAPA. Padre, papá.
PAPAYO. Árbol lechoso, de madera fofa, que produce la papaya, especie de melón muy dulce. PAPO (a). Tonto. Papada, tontería.
PARADA de agua. Punto culminante de la marea.
PARVO. "Barbo", cierto pez.
PASCUA. Flor en forma de estrella, de grandes pétalos foliáceos de un ber­mellón intenso, muy usada en la América entera como símbolo de Nochebuena.
PASTE, paishte o paxte. Fruto de una planta trepadora, cuya aspereza y resis­tencia lo hacen muy a propósito para su uso de estropajo.
PATENTE. Claro, evidente, cercano.
PATOJO (a). Cojo.
PECHE. Flaco, delgado.
PEJE. Pez.
PELONA. Con el cabello corto.
PELOTERO. Alegre.
PENÍNSULA. Penitenciaría, presidio.
PENQUIADA (penqueada, de penca). Tunda.
PEPENAR. Recoger, rebuscar.
PEPESCA. Pececillo menudo.
PERRAJE. Manta de hilo de colores vivos, tejida en el país y de uso corrien­te como cobertor.
PERRO (a). Rebelde, cimarrón, bravio.
PERSOGA. Soga, cuerda o lazo corredizo.
PESCADO. Por pez.
PETACA. Joroba.
PETATE. Estera india de palma, generalmente de vivos colores.
PIAL. Cuerda de cuero retorcido.
PIEDRENCA. Aumentativo de piedra.
PIJUYO. Ave de canto muy dulce (onomatopeya).
PILADERA. Especie de mortero grande, labrado en un tronco de árbol, que se utiliza para descascarar el arroz.
PINGANILLAS. De puntillas.
PIÑATA. Tinaja cubierta con papelillos de colores y rellena de dulces, que se suspende para ser quebrada a golpes en un juego de niños.
PIOJIO. Piojillo.
PIRO. Desperdicios en la fabricación del alcohol.
PIRUJO. Véase cambray y bamba.
PISPILIAR. Parpadear. Pispileyo, parpadeo.
PISTO. Dinero.
PITA. Cordel.
PITEMATATE. Pita de matate: véanse estas palabras.
PITERO. Flautista.
PITIYO. Pito muy agudo.
PLAN. Llano.
PLATANILLO. Planta cannácea, de flores irregulares, de vivos y muy diver­sos colores, y de fruto capsular cuyas semillas contienen un albumen harino­so y casi córneo. Crece en lugares húmedos. POCUYO. Pájaro nocturno, de canto triste.
PORAI. "Por ahí..."
POZA. Remanso de un río.
PRENDER. Encender.
PRIESA. Prisa.
PRIETO (a). Negro, oscuro, moreno.
PRINGAR. Lloviznar. Llover muy vagamente.
PUSPO. Ceniciento, grisáceo.
PUERCA. "En puerca". En gran cantidad.
PURO. Cigarro puro.
PUSHCO, a. Sucio.
PURARRIATA. Magnífico, valiente ("Pura reata", en el sentido de "látigo").
PUPUSAS. Tortillas de maíz rellenas.
PUPUSERA. La que hace pupusas.
PUYAR. Punzar como con una puya.
PUYUDO. Puntudo.


Q

QUERQUE. Cierta clase de zopilote de cabeza calva.
QUEQUESHQUE. Planta de grandes hojas acorazonadas, que crece a orillas de los ríos, en sitios oscuros y húmedos.
QUINZON, QUINZONA. "De a quince" (años, centavos, etc.).


R

RACIÓN. Moneda teórica, en realidad inexistente, que vale la mitad del cuis o cuartillo (1/4 de real); o sea 1/8 de real.
RAMALADA. Balsa o almadía natural, formada por un hacinamiento o entrecrucijo de ramas.
RAMAZAL. Conjunto de troncos y ramas arrastradas por la corriente y que encallan en los bancos de arena.
RANCHO. Choza de ramas y paja.
RECUESTO. Al recuesto, a favor.
REFAJO. Falda típica de las indias, que consiste en un lienzo —tejido gene­ralmente por ellas mismas—, enrollado alrededor de las caderas, y que baja hasta los pies. El refajo es siempre de vistoso color: en ciertos pueblos está sos­tenido por un simple nudo —que forma sobre la pierna pliegues decorativos y hieráticos—; y en otros, por una faja hecha de lana con dibujos policromos.
REJO. Soga que sirve para atar el ternero a la vaca.
RENCO. Cojo.
REPUNTA. Vanguardia de una crecida súbita en un río.
REUTO. Recto.
RIR. Reír.
RIUMA. Reuma, reumatismo.
ROGACIÓN. Procesión religiosa.
ROGANTE. Miembro de una rogación.
RONCA ("A la Ronca"). Exclamación muy fuerte, por el estilo de “A la Puerca": eufemismo por "A la P...".


S

SACADERA. Fábrica clandestina de aguardiente.
SACADOR. Fabricante clandestino de aguardiente.
SALVADOR. El campesino llama a veces "El Salvador" a San Salvador, ciu­dad capital de El Salvador.
SANATE. Ave pequeña, de color pardo o negro. Véase clarinero.
SANTIOS. Diminutivo de Santos (nombre femenino).
SAPO, sapito, sapurruco. (adj.). Bajito, de escasa estatura.
SAZÓN, sazona, (adj.) Dícese de la fruta verde.
SECO. Flaco.
SENEFIADO. "Cenefeado", ondulado como cenefa (término de costura).
SEÑA. Véase ña.
SESTEYO. Sesteo (de sestear).
SILENCIO (a), (adj.). Silencioso.
SOBADOR. Masajista, enderezador de huesos torcidos.
SOCADO (a). 1. Apretado. 2. Borracho.
SOCAR. Apretar, ceñir.
SOMBRIAL. Hacinamiento de sombras.
SON. Música típica cuscatleca.
SUNSA o Sunsapote. Fruta del árbol sapotáceo del mismo nombre.


SH

Nota: Esta letra, inexistente en castellano, y que algunos representan por X, se pronuncia como sh inglesa, o ch francesa.

SHASHACO. Comido de viruelas. Carcomido.
¡SHE! Expresión usada para espantar animales.
SHOLCO. Véase choleo.
SHUCO. 1. Sucio. 2. Agrio, rancio.
SHUCUATOL o Shucoatol. (En Méjico, jocoatole). Bebida de atol o atole ácido.
SHUQUIA o Shuquío. Acidez, agrura, fermentación natural.
SHUSHUSHAR. Onomatopeya: susurrar.


T

TABURETE. Silla de vaqueta, sin respaldo.
TALENTE. Por talante.
TALEPATE (Masc.). Chinche, insecto hemíptero, nocturno y fétido.
TALPETATAL. Estratificación de talpetates.
TALPETATE. Estrato fofo, arenoso o calcáreo.
TALTUZA. Animal roedor, especie de conejo. Se alimenta de frutas y cereales.
TAMAGAS. Serpiente muy venenosa.
TANTEYO. Tanteo.
TANTITO. Un poquito.
TANTO. Cantidad.
TAPADO. Chal, rebozo.
TAPEXCO. Lecho de varas.
TARRAYA. Atarraya, red grande para pescar.
TARRO. Recipiente hecho con media calabaza. Cierta clase de calabaza.
TASAJO. Carne seca. Retazo de algo que sugiera carne seca.
TASTASIAR. Hacer "tas-tas": castañetear. De donde tastaseyo.
TASTAZO. Golpe seco, dado con el índice y el pulgar.
TATA. Padre, papá.
TECOLOTE. Especie de buho o lechuza.
TECOMATE. Calabaza doble, de dos bolas superpuestas, usada para llevar el agua al trabajo Véase el dibujo al dorso de este libro).
TELENGUES. Trastos, herramientas, utensilios: especialmente, los emplea­dos en la extracción de aguardiente.
TELEPATE. Véase talepate.
TEMBELEQUE. Tembleque.
TEMPISQUE. Árbol que produce una fruta carnosa, con pequeña semilla muy dura y brillante. TENAMASTE. Piedra grande.
TENGUERECHON. Véase chorchíngalo.
TETELQUE (Adj.). De gusto desabrido y astringente, como la fruta verde.
TETUNTE. Piedra o terrón. Tetuntal, agrupación de tetuntes.
TIESO. Fuertemente.
TILINTE. Templado, tenso.
TINTO. Rojo.
TIRAR. Engañar.
TISGUACAL. Tísico. Deriva del nombre de cierto cangrejo.
TISTE. Bebida hecha con tiste, pinol o pinolillo: polvo de maíz y cacao, muy dulce y de color rojizo. TOPAR. Aceptar, querer.
TORTILLA. Tortilla o pan de maíz, circular y plano.
TRAMAZÓN (de tramar). Entrecruzamiento, trabazón.
TRANCAZON. Obstrucción.
TRANQUERA. Puerta de corral, hecha con trancas.
TRAQUIAR. Crujir, traquetear.
TRANQUIL. Tranquilidad.
TRINCAR. Echar y sujetar sobre el suelo o sobre algo.
TRISTURA. Tristeza.
TUCO. Trozo.
TUJITO. Por tufíto, de tufo.
TUMBLIMBE. Cajita de música.
TUMBO. Ola, onda, vaivén muy fuerte.
TUNCO. Cerdo.
TUSA o Tuza. Envoltorio natural de la mazorca de maíz.


U

UYASÓN. Aullazón.


V

VAGANCIA. Vaguedad.
VAINA. Dificultad, preocupación, molestia: "lata".
VENADIANTE. Cazador de venados.
VERSAINA. Un verso, una canción cualquiera.
VESITA. Visita.
VIDE, Vido. Vi, vio. Forma arcaica, corriente en El Salvador.
VIRAZÓN. Velocidad.
VOLADOR. Árbol lauráceo, muy alto y delgado, cuya madera se emplea en construcciones navales.
VOLAR. Quitar.
VOLAR cumba. Sonsacar. Imagen derivada del juego de la cometa o barrilete.
VOLTIAR. Volver.
VUELA-CUMBA. Sonsacador, cortejador.
VUELUDO (a). De mucha orla o vuelo.


Y

YAGUAL. Rollo de trapo aplanado, que sirve para apoyar el cántaro en la cabeza.
YELO (Hielo). Frío (sin más, aunque se trate de un frío muy moderado).
YELAZON. Hielazón.
YOVISA. Por lloviza. De lluvia.


Z

ZACATE. Planta gramínea, alimento del ganado, hierba.
ZACATELIMON. Clase especial de zacate cultivado en los jardines por su fuerte aroma a limón, y empleado también como infusión.
ZANCUDOS. Mosquitos, especialmente, los del paludismo y los de la fiebre amarilla.
ZANCUDOS culuazul (Culo azul). Clase especial de estos mosquitos.
ZARCEAR. Hacer ruido de zarza o de guitarra floja.
ZARPIAR. Rociar.
ZIGUA. Véase ziguanaba.
ZIGUANABA. Entidad mitológica, de la leyenda cuscatleca. La Ziguanaba es una mujer que vive errante, por las orillas de los ríos y manantiales. Simboliza casi seguramente el espíritu del río.
ZINZONTE o Cenzontle. Pájaro de color pardo, pero de canto dulcísimo: el ruiseñor de la América. ZIPOTE. Véase cipote.
ZOCOLIAR. Atarugar.
ZOMPOPERA. Hormiguero o nidal de zompopos.
ZOMPOPOS. Hormigas rojas de gran tamaño, que se alimentan únicamente de hojas y ramillas. ZONTO (a), (o sonto). Desorejado.
ZOPE o Zopilote. Buitre. Aura. Ave carnívora, del tamaño de una gallina.
ZOPILOTADA. Grupo de zopilotes.
ZORRA (o) (Masc.). Árbol cuya madera se emplea para muebles y construc­ciones.
ZUNZA o unzapote. Árbol y fruta de las sapotáceas, parecido al zapote.
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